La estela de Hemingway en Pamplona

June 30, 2017

Entrada actualizada el 15 de junio de 2019.

 

Durante nueve días de julio, por San Fermín, lo local y lo global eclosionan en la capital navarra gracias al carácter internacional dotado por el escritor americano. A lo largo del año, recovecos de lo recuerdan la presencia de este miembro de la Generación Perdida.

 

Corría el año 1923 cuando un joven redactor estadounidense afincado en París como corresponsal decidió visitar los Sanfermines de Iruñea para finiquitar una colección de doce reportajes breves. Este periodista del Toronto Star era Ernest Hemingway, que quedó tan impresionado por la festividad que no sólo habló de ello en el texto 'Pamplona in July' publicado en octubre de ese año en el periódico en el que trabajaba, sino que regresó en nueve ocasiones más a San Fermín, convirtiendo, con cada estancia, lugares cotidianos en paradas de culto para quien viaja a Pamplona.

 

Es más, la capital foral, parte de la ruta jacobea y antiguo corazón del Reino de Navarra, es conocida mundialmente especialmente gracias al mejor regalo que un autor puede hacer a una ciudad y que Hemingway brindó a Pamplona: ambientar una novela en la urbe, como prueba de que es un espacio inspirador. Fue una relación de beneficio mutuo: él la transformó en su musa y así escribió su ópera prima y trabajo más célebre, que fue editado por la editorial neoyorquina Charles Scribner’s Sons: 'The Sun Also Rises' (el sol también despierta) o 'Fiesta', titulo con el que se tradujo al español; lo cual, a su vez, supuso el salto de esta tradición navarra, los Sanfermines, a la escena internacional.

 

Tienda de souvenirs en la conocida calle Estafeta, por donde pasa el encierro hasta la Plaza de Toros, 

que en su titulo rinde homenaje a cuatro de los iconos de la ciudad: el pañuelo rojo, que denota los Sanfermines

-el segundo símbolo-, Hemingway que dotó de fama mundial a la urbe y el diminutivo -ico propio de Navarra.

 

Comenzó a redactar el libro alentado por la escritora Gertrude Stein, quien al igual que otros artistas que también eran conocidos del creativo -Picasso, los Fitzgerald o James Joyce- residía en la capital francesa. De este modo, el estadounidense volvió a San Fermín por tercera vez en su vida en el verano de 1925 con la idea de recolectar material para el libro. Se puso manos a la obra mientras las fiestas acontecían y la narración vio la luz el veintidós de octubre de 1926. 

 

La ruta de Hemingway en Pamplona

 

Desde el primer momento, el prosista se integró en los Sanfermines como uno más: tomó algo en las tabernas, probó la comida autóctona y vagó por las calles pamplonesas incluso corriendo, ya que en 1924 se animó a participar en el encierro y fue testigo de cómo el corredor el Esteban Domeño perdía la vida. Esto le marcó y así lo reflejó en su relato, al incluir la dualidad entre la feria y la tragedia.

 

Aunque no sólo reservó el drama para su manuscrito. El novelista envió a United Press la falsa noticia de que él y su amigo Donald Ogden habían sido corneados en aquella primera carrera taurina en la que formó parte. No era más que un bulo, pero llegaron a protagonizar portadas de todo el mundo. De manera que dos años antes de la aparición de su narración más famosa, ya llevó a los Sanfermines a recorrer el planeta. Era su segunda ocasión en San Fermín, cuando también tuvo el placer de conocer a Juanito Quintana, dueño de la primera parada de la ruta que el escritor ha dejado en Pamplona.

 

 Portada del libro de Hemingway.

 

1. Hotel Quintana: estaba ubicado en la Plaza del Castillo, como la mayoría de los enclaves que incluye este recorrido. Ya no existe, pero todavía permanece la fachada, el aspecto exterior del edificio que es el mismo que conoció Hemingway. Además, el americano inmortalizó el local en su obra bajo el nombre 'Hotel Montoya' junto a su propietario, Señor Montoya en la narración. El local cerró sus puertas en 1936, año en que estalló la guerra civil. No es casualidad. Quintana, que era republicano y mantuvo largas conversaciones sobre política con el novelista, se exilió en Francia tras el golpe, lo cual también influyó en la desaparición del autor, que simpatizaba con la causa republicana como puede verse en el relato 'Por quién doblan las campanas' (1940), del entorno sanferminero.

 

El premio Nobel no volvió a la festividad hasta 1953, cuando aconsejado por Quintana, que desconfiaba del régimen y se había convertido en un buen amigo, se hospedó en la localidad navarra Lecumberri, a cuarenta kilómetros. Eso sí, el siete de julio, remplazó ese hospedaje por otro en Pamplona que le permitió vivir, como antaño, San Fermín desde el centro de la fiesta.

 

Sin el rótulo, hoy la fachada del que fue el Hotel Quitana se mantiene igual.

 

El prosista se alojó en el Hotel Quitana por primera vez en 1924, gracias a una recomendación del madrileño crítico taurino Rafael Hernández. El escritor hizo buenas migas con el dueño y regresó a la pensión en las fiestas de 1925, 1926, 1927, 1929 y 1931, cuando la II República era una realidad. Ese año el novelista se centró en acumular vocabulario para el borrador del ensayo 'Muerte en la tarde', que trataba las corridas de toros. Es más, lo que le unió al señor del alojamiento fue la afición que ambos compartían por el mundillo torero. Aquí se ha de hacer el apunte de que, al contrario de la imagen que puede verse desde fuera, Iruñea no es taurina, sino sanferminera; los toros no son su emblema, sino una parte primitiva de los festejos hoy en decadencia, como en muchos otros lados. 

 

De hecho, en el relato de Hemingway destaca el tema del instinto, lo más primitivo del hombre, sobre la razón. Esto es evidente cuando Jake, el protagonista con tintes autobiográficos -al igual que él es periodista, americano residente en París y marcado por la Primera Guerra Mundial-, queda impactado la muerte de un corredor -como el escritor con el caso de Esteban Domeño- y se lo cuenta a un camarero conmocionado: "Gravemente cogido —dijo—. Y todo por deporte, todo para divertirse". Más tarde, en el relato puede leerse que un policía arrestaba "a tipos que querían ir a suicidarse con los toros". En su arte literario aborda la gratuidad de ese tipo de comportamientos peligrosos.

 

Gif de la cinta de Woody Allen Midnight in Paris (2010), en la que aparece Hemingway mencionando

la guerra, un evento que le marcó y es evidente en el protagonista de 'Fiesta'.

 

La amistad surgida entre el creativo y quien fue Montoya en 'The Sun Also Rises', el intelecto, con el interés por la política, y los sentimientos primarios, con ese gusto por el circo romano contemporáneo, se encontraron. Encajaron muy bien, lo cual les llevó incluso a irse a la celebración riojana de San Mateo en septiembre de 1956. Hemingway paró en Pamplona de camino para recoger Juanito, quien había ya regresado de su exilio en Francia. Mantuvieron la relación hasta el fallecimiento de Quintana, a pesar de que durante todo ese ese tiempo también hubo rifirrafes: era frecuente que el propietario del inmueble le llamase la atención cuando se alojaba en su propiedad por su bullicios. Cada año lo cambiaba de habitación para que no molestase al resto de inquilinos.

 

2. Bar Txoko: otro punto de la Plaza del Castillo, en la esquina donde confluye con la calle Espoz y Mina, al lado de lo que fue el Hotel Quintana. Era habitual ver en su terraza al autor en los años 1953 y 1959, cuando su título era 'Bar Choco', firmando autógrafos dada su popularidad como premio Nobel.

 

Ernest Hemingway y la periodista irlandesa Valerie Danby-Smith, en el Bar Choco en 1959.

 

3. Café Bar Torino: al igual que el Hotel Quitana, Hemingway lo incluyó en su obra bajo la designación Bar Milano. Hoy desaparecido y acogiendo una oficina bancaria y una taberna, se encontraba en el número tres de la Plaza del Castillo. El escritor lo describió así: “Medio bar, medio cervecería; pequeño, pero se podía comer algo y bailar en una habitación trasera”. Descubrió su terraza en sus visitas entre los años 1953 y 1959. En 1971, el local original pasó el relevo al Windsor Pub que, tal y como hacía su antecesor, ofrece servicio de mesas y sillas exteriores.

 

4. Gran Hotel La Perla: cuando, tras veintidós años sin pisar San Fermín por el panorama político, el responsable de 'Fiesta' decidió volver en 1953, consideró que dadas sus ideas republicanas lo mejor era hospedarse alejado del punto de mira en el que se convierte Iruñea durante los Sanfermines. En un principio se alojó en Lekunberri. Pero la llamada de la festividad era tan fuerte, que el siete de julio sustituyó este pueblo navarro por la capital, alojándose en la habitación 217 -hoy en día la 201, con vistas a la calle Estafeta, desde donde observó los encierros- del Gran Hotel La Perla. Era la primera vez que dormía allí, pero no la primera ocasión en que acudía al lugar.

 

Al llegar el seis de julio de 1923 a Iruñea, acompañado de su mujer Hadley, un ómnibus del hotel los acercó desde la Estación del Norte hasta la puerta, donde el matrimonio ya tenía reservada una habitación. Al enterarse allí del precio de la estancia, explicaron a la dueña, doña Ignacia Erro, que se escapaba de sus posibilidades y la misma propietaria, consciente de la dificultad que los norteamericanos podían encontrar en una urbe provinciana sin controlar el idioma local, se preocupó de buscarles un alojamiento asequible. También hizo de intermediaria entre el periodista y el archivero municipal, don Leandro Olivier, regalando a la pareja entradas para las corridas de ese año y los siguientes. El hotel era uno de los epicentros del ambiente taurino, donde los toreros se vestían antes de la tortura y matanza del animal, un clima del que el redactor disfrutaba, en el que profundizó merodeando por los salones y al que dedicó espacio en su libro. 

 

El Gran Hotel La Perla en 2019. Realicé esta fotografía en San Fermín.

 

Con otra compañera -Mary, su cuarta esposa- y treinta años después, en 1953 y 1959, consagrado como ganador de un Pulitzer (1953) y más tarde Nobel de Literatura (1954), el reportero pudo permitirse pernoctar en la elegante pensión. Es más, en el periodo de tiempo que el autor estuvo ausente en San Fermín, fueron muchos los extranjeros que se acercaron a los festejos persiguiendo la estela de su novela. No sólo ellos, ahora ciudadanos de distintas partes del globo curiosean este edificio de color claro, edificado en 1853 y convertido en hotel en 1881, que se alza sobre el resto de la arquitectura y se localiza en una esquina de la Plaza del Castillo. 

 

5. Café Iruña: una de las terrazas en las que más fue fotografiado y el lugar más icónico de la relación del artista con Pamplona. Hay quien dice que nunca dejó de asistir al local. Solía tomar notas sentado mientras daba sorbos a su coñac y rodeado de fans. El negocio no sólo sigue funcionando, sino que conserva la decoración de la Belle Époque propia del periodo en el que fue fundado en 1888. Su apertura coincidió, en vísperas de San Fermín, con la inauguración de la luz eléctrica en la ciudad, ya que éste fue el primer establecimiento iluminado por ella.

 

Es un espacio lleno de encanto con sus lámparas antiguas, el amplio salón, los espejos vintage que visten las paredes e incluyen escudos autonómicos, columnas llenas de detalles, mesas de mármol, sillas thonet... y el rincón de Hemingway, una parte del bar en la que está prohibido comer o beber, que está mantenida tal y como el reportero la vio y dedicada por entero a él. El visitante puede incluso encontrarse con este miembro de la Generación Perdida. Una estatua de bronce que mide 185cm, el tamaño del americano, se apoya en la barra dando la bienvenida a este museo ornamentado con fotos del creativo por las hormas de la estancia. El creador hizo a este bar partícipe de su novela, en la que es un escenario principal, y la taberna se lo ha devuelto regalándole una zona tranquila y contigua al café.

 

Serie de imágenes del Café Iruña y el Rincón de Hemingway que se encuentra en su interior.

Las fotos de las paredes muestran al escritor en diferentes visitas a Navarra. En cuanto a la

estatua de bronce, el autor es el escultor José Javier Doncel (1952), oriundo de Funes.

 

Los interesados pueden adentrarse en El rincón de Hemingway de lunes . Solamente con cruzar la entrada del Café Iruña, el turista siente que el tiempo se detiene en este sitio de la Plaza del Castillo. Es único en el sentido de que la mayoría de instalaciones en que las que responsable de 'El viejo y el mar' se presentó ya no están o han cambiado. Este lugar guarda su estilo, su esencia, y ha sido el testigo más claro de la historia de la ciudad como el salón de estar interclasista de Pamplona sirviendo de punto de encuentro para locales y foráneos, urbanitas y campesinos, bohemios y burgueses. Ha acogido Entre otros, ha recibido a Orson Welles -quien en su película inacabada 'El Quijote' apeló a los encierros-, Pablo Sarasate y Sabino Arana.

 

Como hecho anecdótico, en los Sanfermines de 1953, en su terraza se reunieron Baleztena, Carlos Manrique, Javier Goyena, Antonio Ordóñez y el escritor. Goyena y Hemingway comenzaron a discutir y el primero pegó en la mesa con una pitillera de plata rompiendo la tabla. Se montó tal alboroto que acabaron todos detenidos. El matador Ordóñez, que esa tarde lideraba el martirio en el coso, se encontraba en comisaría declarando dos horas antes de empezar la sangría en la plaza de toros.

 

6. Café Kutz: hoy transformado en una oficina bancaria, se encontraba entre el Café Iruña y el Pasadizo de la Jacoba. Se inauguró en 1912, de la mano de don Luis Kutz. Tras su muerte, su mujer Elvira lo regentó junto a sus hijos Maria Luisa y José Luis manteniéndolo activo hasta 1961. Hemingway fue asiduo a su terraza y lo reflejó en el trabajo de 1932 'Muerte en la tarde'. No fue el único Premio Nobel de Literatura que difrutó de este café, Camilo José Cela, antiguo compañero de estudio de José Luis Kutz, fue otro de sus clientes.

 

El Café Kutz en 1932. Este local ha sido otro punto histórico de la urbe al albergar, entre otros,

la asamblea responsable del nacimiento del equipo de fútbol Osasuna.

 

7. Café Suizo: su denominación se debe al origen de sus fundadores, los suizos señores Matossi y Fanconi, quienes lo abrieron en 1844 en el número treinta y siete de la Plaza del Castillo. El periodista, habitual en la terraza del negocio, lo nombró en 'Fiesta' dos veces relatando que “el dueño habla alemán e inglés”. Frecuentó el local al menos hasta los años cincuenta, y no porque en 1952 cerrase dando paso a una sucursal bancaria, sino que al parecer dejó de asistir por evitar contacto con una clientela más bien contraria a su ideología republicana.

 

8. Hostal del Rey Noblepopularmente conocido como Las Pocholas, era una pensión y restaurante bautizado como Hostal del Rey Noble, localizado en en el Paseo Sarasate en frente al Monumento a los Fueros. El americano acudió por primera vez el diez de julio de 1953. Fue a cenar y se volvió un cliente habitual que siempre se sentaba en la misma mesa, cerca de la entrada, bajo la escultura del rey Carlos III el Noble. Como prueba de su agrado, cabe destacar que comió allí en la visita express a la ciudad que hizo el autor el veintiuno de septiembre de 1956, cuando paró en Pamplona para juntarse con Juanito Quintana y continuar hasta Logroño para festejar San Mateo.

 

Ese año al parecer no asistió a San Fermín porque en un viaje a Madrid que hizo ese verano, al registrarse en el Hotel Ritz, unos empleados le entregaron una caja que él se dejó allí treinta años atrás. Contenía notas en su mayoría sobre París. Tardó quince días en poner en orden toda esa información, lo cual alteró sus planes de acudir a Navarra. De los manuscritos encontrados creó la narración póstuma 'París era una fiesta' (1964).

 

Gif de la cinta de Woody Allen Midnight in Paris (2010), en la que aparece Hemingway. Una de sus

citas más famosas dice que para escribir bien basta con redactar la frase más sincera que uno conozca.

Precisamente su literatura se caracteriza por su estilo directo,  con descripciones sencillas y claras.

 

Volviendo al Hostal del Rey Noble, el establecimiento cerró en el 2000, aunque su esencia se mantiene gracias al Gran Hotel la Perla, que en 2007 recuperó su nombre -guarda el rótulo de entrada original del hostal junto al busto del soberano y las sillas donde el escritor se sentó- y el comedor. En cuanto al lugar original de Las Pocholas, ahora alberga una chocolatería que preserva el estilo vintage del restorán que además de al autor acogió a personalidades como Chalse de Gaulle, Bill Clinton o Ava Gardner, protagonista del filme The Sun Also Rises (1957). 

 

La actriz pisó suelo pamplonés, al igual que el resto del equipo de rodaje, pero únicamente para la adquisición de planos recurso. Con el trasfondo de la dictadura franquista, donde predominaba la censura, el resto del metraje se grabó en Hollywood y México, lo cual enfadó a Hemingway. El productor del cine Tedy Villalba, Goya de Honor en 2006, declaró: "En ese momento estábamos metiendo un gol al Ministerio, haciéndoles creer que estábamos rodando sobre los Sanfermines y, en realidad, eran planos para incluir en la película “Fiesta”, que se prohibió rodar en España".

 

 

Trailer de 'The Sun Also Rises' (1957).

 

9. Hotel Yoldi: todavía más lejos del jaleo de la Plaza del Castillo, pero todavía en el centro y cerca del coso, en la Avenida de San Ignacio, se alza el que en los cincuenta era conocido como 'el hotel de los toreros'. Aquí se alojaba el matador Antonio Ordóñez, al que Hemingway visitaba. 

 

10. Antigua Casa Marceliano: lo que hoy se ha convertido en oficinas municipales, detrás del ayuntamiento de Pamplona en la calle Mercado, en su día fue una de las tabernas favoritas del ganador del Pulitzer para almorzar. Ahí degustó el ajoarriero, clásico plato navarro, el cual se convirtió en su comida preferida. "Ajoarriero al estilo de Pamplona", lo llamaba él. No sólo eso, a petición del autor, el que era propietario del establecimiento, Matías Anoz, le entregó la receta. Tampoco se privó de otros manjares de la carta: estofado de toro, cordero al chilindrón, magras de jamón con tomate... y vino de Navarra. Acudía cada mañana tras la carrera taurina: “En Pamplona teníamos nuestros sitios secretos como Casa Marceliano, a donde íbamos a comer, beber y cantar después del encierro; la casa de Marceliano, donde las maderas de las mesas y de las escaleras están tan limpias y fregadas como la cubierta o teca de un yate, con la diferencia de que las mesas están horrorosamente manchadas de vino”, dejó por escrito en 1953.

 

Hemingway en el año 1959 en Casa Marceliano conversando con el propietario, Matías Anoz.

Imagen de la cuenta de Facebook 'De Pamplona de toda la vida. Iruindarrak, betidanik'.

 

Cuarenta años más tarde, la taberna cerró y el consistorio compró el inmueble. Su cierre alcanzó cobertura internacional al protagonizar la portada de alguna publicación estadounidense que arremetió contra el Ayuntamiento pamplonés. En Iruñea ya no hay rastro alguno del bar, pero sí en Alemania, debido a que el germano y admirador del escritor Axel Urban adquirió parte del mobiliario y la vajilla reabriendo Casa Marceliano en la localidad Flensburg.

 

11. Antigua pensión de la calle Eslava, 5: después de tener que buscar una segunda opción de hospedaje en Pamplona el seis de julio de 1923, tras darse cuenta el matrimonio Hemingway de que no podían permitirse una habitación en el Gran Hotel La Perla, terminaron alojándose en el cuarto piso del edificio. Encontraron el local gracias a doña Ignacia Erro.

 

12. Capilla de San Fermín: según narró José María Iribarren en su publicación 'Hemingway y los Sanfermines', el siete de julio de 1953, cuando el americano vino a la capital navarra desde Lekunberri, tras la Procesión sanferminera, entró en la capilla del santo para rezarle.

 

Imagen de San Fermín en la Capilla.

 

13. Monumento a Hemingway: desde el seis de julio de 1968, con el inicio de los Sanfermines y en presencia de Mary, viuda del periodista, una estatua con la imagen del norteamericano ornamenta el entorno de la plaza de toros. Es obra del artista Sanguino. Se encuentra al lado del callejón, para que pueda seguir atisbando los encierros cada mañana.

 

También se instaló una placa tallada en piedra en la que puede leerse 'Paseo de Hemingway' y a la que en 1999, debido al centenario de su nacimiento, se añadió el siguiente texto: "Ernest Hemingway, premio Nobel de Literatura, amigo de este pueblo y admirador de sus fiestas, que supo describir y propagar la ciudad de Pamplona. San Fermín 1968". 

 

Monumento a Hemingway en Pamplona. Existe otro en Cojímar (Cuba),

último lugar en el que residió y en el que basó su relato 'El viejo y el mar' (1952).

 

La última vez que el periodista vivió la fiesta fue en 1959. Entonces su fama ya era mundial y ocupó páginas de la revista americana Life donde aparecía su imagen a orillas del pantano de Yesa como parte de un reportaje fotográfico llevado a cabo por Julio Oubiña. Hemingway también escribía para Life. Lo hacía por necesidad, por el dólar que la publicación le pagaba por cada palabra, para la cual ese año redactó 'Un verano sangriento', un texto en el que relataba el enfrentamiento entre Ordóñez y Dominguín.

 

A él no le gustaba, sentía que se prostituía su talento, como bien explicó en muchas ocasiones a Scott Fitzgerald. Esas redacciones no tenían nada que ver con el periodismo literario al que estaba acostumbrado y en el que se desenvolvía con naturalidad, porque era lo que emergía de él. Los escritos  que producía para la prensa eran prácticamente postales comerciales, pero en este caso le bastó para volver al ruedo, a San Fermín. 

 

Ruta de Hemingway en Navarra

 

Lo mismo puede decirse del trabajo realizado junto a Oubiña, que le valió para visitar Yesa, paisaje foral que, junto a los demás rincones autonómicos que visitó, conforma la ruta de Hemingway por Navarra. El resto son Burguete, la Selva de Irati, Aribe (Baños de Aribe) y Lekunberri (Hotel Ayestarán).

 

Otros puntos del antiguo reino del que el autor supo son Tafalla, Estella-Lizarra y Sangüesa, puesto que los nombra en 'Fiesta' al tratar el funeral del corredor fallecido: "El féretro fue llevado a la estación por miembros de la peña de Tafalla. Los tambores iban delante y también había música de chistus (...) marchaban todos los miembros de las peñas de Pamplona, Estella, Tafalla y Sangüesa".

 

Sin duda, fue un ciudadano del mundo del cual una parte se quedó en Navarra. Siempre la tuvo presente. Tenía planes de retornar a la Iruñea rojiblanca en 1961, pero días antes de su muerte llamó al Gran Hotel La Perla para cancelar su reserva. Falleció en Ketchum (Idaho), el dos de julio de ese año, con cinco trabajos sin publicar, 3.000 hojas de manuscritos y las entradas para la Feria del Toro de San Fermín sobre su mesilla.

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