• Ainhoa E.S.

La estela de Hemingway en Pamplona


Entrada actualizada el 15 de junio de 2019.

Durante nueve días de julio, por San Fermín, lo local y lo global eclosionan en la capital navarra gracias al carácter internacional dotado por el escritor americano. A lo largo del año, recovecos de lo recuerdan la presencia de este miembro de la Generación Perdida.

Corría el año 1923 cuando un joven redactor estadounidense afincado en París como corresponsal decidió visitar los Sanfermines de Iruñea para finiquitar una colección de doce reportajes breves. Este periodista del Toronto Star era Ernest Hemingway, que quedó tan impresionado por la festividad que no sólo habló de ello en el texto 'Pamplona in July' publicado en octubre de ese año en el periódico en el que trabajaba, sino que regresó en nueve ocasiones más a San Fermín, convirtiendo, con cada estancia, lugares cotidianos en paradas de culto para quien viaja a Pamplona.

Es más, la capital foral, parte de la ruta jacobea y antiguo corazón del Reino de Navarra, es conocida mundialmente especialmente gracias al mejor regalo que un autor puede hacer a una ciudad y que Hemingway brindó a Pamplona: ambientar una novela en la urbe, como prueba de que es un espacio inspirador. Fue una relación de beneficio mutuo: él la transformó en su musa y así escribió su ópera prima y trabajo más célebre, que fue editado por la editorial neoyorquina Charles Scribner’s Sons: 'The Sun Also Rises' (el sol también despierta) o 'Fiesta', titulo con el que se tradujo al español; lo cual, a su vez, supuso el salto de esta tradición navarra, los Sanfermines, a la escena internacional.


Tienda de souvenirs en la conocida calle Estafeta, por donde pasa el encierro hasta la Plaza de Toros,

que en su titulo rinde homenaje a cuatro de los iconos de la ciudad: el pañuelo rojo, que denota los Sanfermines

-el segundo símbolo-, Hemingway que dotó de fama mundial a la urbe y el diminutivo -ico propio de Navarra.

Comenzó a redactar el libro alentado por la escritora Gertrude Stein, quien al igual que otros artistas que también eran conocidos del creativo -Picasso, los Fitzgerald o James Joyce- residía en la capital francesa. De este modo, el estadounidense volvió a San Fermín por tercera vez en su vida en el verano de 1925 con la idea de recolectar material para el libro. Se puso manos a la obra mientras las fiestas acontecían y la narración vio la luz el veintidós de octubre de 1926.

La ruta de Hemingway en Pamplona

Desde el primer momento, el prosista se integró en los Sanfermines como uno más: tomó algo en las tabernas, probó la comida autóctona y vagó por las calles pamplonesas incluso corriendo, ya que en 1924 se animó a participar en el encierro y fue testigo de cómo el corredor el Esteban Domeño perdía la vida. Esto le marcó y así lo reflejó en su relato, al incluir la dualidad entre la feria y la tragedia.

Aunque no sólo reservó el drama para su manuscrito. El novelista envió a United Press la falsa noticia de que él y su amigo Donald Ogden habían sido corneados en aquella primera carrera taurina en la que formó parte. No era más que un bulo, pero llegaron a protagonizar portadas de todo el mundo. De manera que dos años antes de la aparición de su narración más famosa, ya llevó a los Sanfermines a recorrer el planeta. Era su segunda ocasión en San Fermín, cuando también tuvo el placer de conocer a Juanito Quintana, dueño de la primera parada de la ruta que el escritor ha dejado en Pamplona.

Portada del libro de Hemingway.

1. Hotel Quintana: estaba ubicado en la Plaza del Castillo, como la mayoría de los enclaves que incluye este recorrido. Ya no existe, pero todavía permanece la fachada, el aspecto exterior del edificio que es el mismo que conoció Hemingway. Además, el americano inmortalizó el local en su obra bajo el nombre 'Hotel Montoya' junto a su propietario, Señor Montoya en la narración. El local cerró sus puertas en 1936, año en que estalló la guerra civil. No es casualidad. Quintana, que era republicano y mantuvo largas conversaciones sobre política con el novelista, se exilió en Francia tras el golpe, lo cual también influyó en la desaparición del autor, que simpatizaba con la causa republicana como puede verse en el relato 'Por quién doblan las campanas' (1940), del entorno sanferminero.

El premio Nobel no volvió a la festividad hasta 1953, cuando aconsejado por Quintana, que desconfiaba del régimen y se había convertido en un buen amigo, se hospedó en la localidad navarra Lecumberri, a cuarenta kilómetros. Eso sí, el siete de julio, remplazó ese hospedaje por otro en Pamplona que le permitió vivir, como antaño, San Fermín desde el centro de la fiesta.

Sin el rótulo, hoy la fachada del que fue el Hotel Quitana se mantiene igual.

El prosista se alojó en el Hotel Quitana por primera vez en 1924, gracias a una recomendación del madrileño crítico taurino Rafael Hernández. El escritor hizo buenas migas con el dueño y regresó a la pensión en las fiestas de 1925, 1926, 1927, 1929 y 1931, cuando la II República era una realidad. Ese año el novelista se centró en acumular vocabulario para el borrador del ensayo 'Muerte en la tarde', que trataba las corridas de toros. Es más, lo que le unió al señor del alojamiento fue la afición que ambos compartían por el mundillo torero. Aquí se ha de hacer el apunte de que, al contrario de la imagen que puede verse desde fuera, Iruñea no es taurina, sino sanferminera; los toros no son su emblema, sino una parte primitiva de los festejos hoy en decadencia, como en muchos otros lados.

De hecho, en el relato de Hemingway destaca el tema del instinto, lo más primitivo del hombre, sobre la razón. Esto es evidente cuando Jake, el protagonista con tintes autobiográficos -al igual que él es periodista, americano residente en París y marcado por la Primera Guerra Mundial-, queda impactado la muerte de un corredor -como el escritor con el caso de Esteban Domeño- y se lo cuenta a un camarero conmocionado: "Gravemente cogido —dijo—. Y todo por deporte, todo para divertirse". Más tarde, en el relato puede leerse que un policía arrestaba "a tipos que querían ir a suicidarse con los toros". En su arte literario aborda la gratuidad de ese tipo de comportamientos peligrosos.

Gif de la cinta de Woody Allen Midnight in Paris (2010), en la que aparece Hemingway mencionando

la guerra, un evento que le marcó y es evidente en el protagonista de 'Fiesta'.

La amistad surgida entre el creativo y quien fue Montoya en 'The Sun Also Rises', el intelecto, con el interés por la política, y los sentimientos primarios, con ese gusto por el circo romano contemporáneo, se encontraron. Encajaron muy bien, lo cual les llevó incluso a irse a la celebración riojana de San Mateo en septiembre de 1956. Hemingway paró en Pamplona de camino para recoger Juanito, quien había ya regresado de su exilio en Francia. Mantuvieron la relación hasta el fallecimiento de Quintana, a pesar de que durante todo ese ese tiempo también hubo rifirrafes: era frecuente que el propietario del inmueble le llamase la atención cuando se alojaba en su propiedad por su bullicios. Cada año lo cambiaba de habitación para que no molestase al resto de inquilinos.

2. Bar Txoko: otro punto de la Plaza del Castillo, en la esquina donde confluye con la calle Espoz y Mina, al lado de lo que fue el Hotel Quintana. Era habitual ver en su terraza al autor en los años 1953 y 1959, cuando su título era 'Bar Choco', firmando autógrafos dada su popularidad como premio Nobel.

Ernest Hemingway y la periodista irlandesa Valerie Danby-Smith, en el Bar Choco en 1959.

3. Café Bar Torino: al igual que el Hotel Quitana, Hemingway lo incluyó en su obra bajo la designación Bar Milano. Hoy desaparecido y acogiendo una oficina bancaria y una taberna, se encontraba en el número tres de la Plaza del Castillo. El escritor lo describió así: “Medio bar, medio cervecería; pequeño, pero se podía comer algo y bailar en una habitación trasera”. Descubrió su terraza en sus visitas entre los años 1953 y 1959. En 1971, el local original pasó el relevo al Windsor Pub que, tal y como hacía su antecesor, ofrece servicio de mesas y sillas exteriores.

4. Gran Hotel La Perla: cuando, tras veintidós años sin pisar San Fermín por el panorama político, el responsable de 'Fiesta' decidió volver en 1953, consideró que dadas sus ideas republicanas lo mejor era hospedarse alejado del punto de mira en el que se convierte Iruñea durante los Sanfermines. En un principio se alojó en Lekunberri. Pero la llamada de la festividad era tan fuerte, que el siete de julio sustituyó este pueblo navarro por la capital, alojándose en la habitación 217 -hoy en día la 201, con vistas a la calle Estafeta, desde donde observó los encierros- del Gran Hotel La Perla. Era la primera vez que dormía allí, pero no la primera ocasión en que acudía al lugar.

Al llegar el seis de julio de 1923 a Iruñea, acompañado de su mujer Hadley, un ómnibus del hotel los acercó desde la Estación del Norte hasta la puerta, donde el matrimonio ya tenía reservada una habitación. Al enterarse allí del precio de la estancia, explicaron a la dueña, doña Ignacia Erro, que se escapaba de sus posibilidades y la misma propietaria, consciente de la dificultad que los norteamericanos podían encontrar en una urbe provinciana sin controlar el idioma local, se preocupó de buscarles un alojamiento asequible. También hizo de intermediaria entre el periodista y el archivero municipal, don Leandro Olivier, regalando a la pareja entradas para las corridas de ese año y los siguientes. El hotel era uno de los epicentros del ambiente taurino, donde los toreros se vestían antes de la tortura y matanza del animal, un clima del que el redactor disfrutaba, en el que profundizó merodeando por los salones y al que dedicó espacio en su libro.

El Gran Hotel La Perla en 2019. Realicé esta fotografía en San Fermín.

Con otra compañera -Mary, su cuarta esposa- y treinta años después, en 1953 y 1959, consagrado como ganador de un Pulitzer (1953) y más tarde Nobel de Literatura (1954), el reportero pudo permitirse pernoctar en la elegante pensión. Es más, en el periodo de tiempo que el autor estuvo ausente en San Fermín, fueron muchos los extranjeros que se acercaron a los festejos persiguiendo la estela de su novela. No sólo ellos, ahora ciudadanos de distintas partes del globo curiosean este edificio de color claro, edificado en 1853 y convertido en hotel en 1881, que se alza sobre el resto de la arquitectura y se localiza en una esquina de la Plaza del Castillo.

5. Café Iruña: una de las terrazas en las que más fue fotografiado y el lugar más icónico de la relación del artista con Pamplona. Hay quien dice que nunca dejó de asistir al local. Solía tomar notas sentado mientras daba sorbos a su coñac y rodeado de fans. El negocio no sólo sigue funcionando, sino que conserva la decoración de la Belle Époque propia del periodo en el que fue fundado en 1888. Su apertura coincidió, en vísperas de San Fermín, con la inauguración de la luz eléctr