• Ainhoa E.S.

Yamaguchi, el jardín japonés de Pamplona

La capital navarra guarda un parque nipón, bautizado en honor a la ciudad con la que está hermanada, donde ahora mismo los cerezos en flor están en su máximo apogeo.

Qué mejor manera para dar la bienvenida a la primavera que rodeados de naturaleza. Más si se trata de lugares que permiten celebrar el Hanami, festival japonés que literalmente significa 'ver las flores' y que se relaciona directamente con la época en la que brotan los cerezos. En la isla nipona es una de las tradiciones más importantes del año. Entre febrero y mayo, los japoneses realizan excursiones a parques o zonas verdes a observar la sakura o la aparición de la flor de este árbol. Hoy, en este mundo globalizado en el que distintas culturas beben unas de las otras en conmemoración de la diversidad, y para el enriquecimiento de todos, es posible formar parte de este acontecimiento en Pamplona, Navarra. Concretamente, en el Parque Yamaguchi.


Es un jardín de estilo oriental fruto del hermanamiento en 1988 de Iruñea con la ciudad Yamaguchi (Japón), que contiene una colección botánica procedente en su mayoría del país del sol naciente. De hecho, fue diseñado por paisajistas nipones. De manera que pueden encontrarse especies herbáceas propias de esta parte de Oriente, entre las que destacan los cerezos.


Yo en el Parque Yamaguchi (Pamplona, Navarra) bajo un cerezo en flor en la hora dorada o el atardecer

del equinoccio de primavera.

Estas plantas también sobresalen en Japón, donde adquieren un significado o estatus casi sagrado. Generalmente se asocia a la belleza y fugacidad de la vida. Es en los Hanami cuando familiares, amigos o compañeros de trabajo -las empresas reservan los mejores sitios con antelación- realizan picnics y reflexionan sobre estos temas bajo la sombra de estos arbustos.


Sin embargo, el festival no termina con la desaparición del sol. Al anochecer, comienza el Yozakura o Sakura nocturno colgando farolillos de los cerezos que permiten seguir apreciando su esplendor. Es un acontecimiento ligado al paso del tiempo y que, de la misma manera, marca el año: el curso académico comienza con el final de la festividad.


Equinoccio de primavera: renovación, luz y filosofía


Las flores nacen con el despertar de la primavera, entre finales de febrero y principios de mayo, dependiendo del clima de cada región del país -las primeras son las de las islas Okinawa, el área más meridional, y las últimas las de Hokkaidō, la parte más boreal-. La oficina de meteorología siempre avisa del pronóstico del florecimiento o sakurazensen. El resto del año, las ramas de los cerezos están desnudas. Aunque la flor nunca muere, ya que los pétalos caen sin haberse marchitado; y es ahí donde reside todo su simbolismo.


Florecimiento del cerezo o sakura.

Las hojas rosadas se apilan y decoran el suelo de abril, lo cual representa la hermosura de la naturaleza y su delicadeza, lo efímero de la existencia y su valor. Por eso el Hanami se celebra también en la noche, tras el ocaso, puesto que la vida de los cerezos es corta y va agotándose con cada soplo de viento que hace volar sus pétalos. Los japoneses no quieren perderse ni un ápice de la belleza que queda en el árbol. Cada segundo cuenta.


La importancia de la sakura en Japón también puede apreciarse en el blasón y código samurai. Para estos guerreros era un honor morir en la lucha, sin envejecer, en su gloria más plena. Su vida era corta, al igual que la de estas plantas. Incluso morían cometiendo suicidio para evitar la deshonra. Este acto se consideraba un ritual, al que se le llamaba seppuku, y se tenía por costumbre realizarlo delante de un cerezo. Es más, hay una leyenda que cuenta que la flor de estos árboles, en su origen, era blanca, pero que a raíz de este tipo de muerte sus hojas fueron adquiriendo un tono rosado, debido a la sangre que absorbía el arbusto. El tono rosáceo también representaba las gotas derramadas en los combates. Hoy, la sakura es uno de los emblemas del país nipón, uno de los elementos de su cultura popular.


Ilustración de estilo japonés del cerezo en flor.

Gran cantidad de estas especies han sido cultivadas no para dar frutos sino con ese fin estético y espiritual que invita al pensamiento. Su uso es puramente ornamental. El arquitecto Toyō Itō relacionaba el evento, la fiesta Hanami, con su materia: la arquitectura. Según él, para algunas de sus obras se inspiró en la sensación de estar bajo la sombra de un cerezo en flor; en paz, disfrutando de la tranquilidad -véase el diseño de la biblioteca Meiso no Mori, cuya traducción es 'bosque para la meditación'-.

Celebra el Hanami en Pamplona


También el rincón oriental plamplonés, el Parque Yamaguchi, está ideado para la relajación. Además de flora proveniente de la isla nipona, contiene un géiser y una cascada que caen a un estanque del que poder deleitarse desde los bancos de su alrededor, un puente que lo cruza o un palafito de estilo japonés al que se puede acceder desde un paseo. Es el lugar ideal para celebrar la fiesta de los cerezos.


Vista del Parque Yamaguchi desde el puente que se encuentra junto a la cascada.


Cualquiera de las cuatro estaciones puede ser propicia para visitarlo: buscando el frescor en el estío, recreándose con las tonalidades del otoño o cautivándose con el brillo del agua congelada del embalse; sin embargo, es en primavera cuando el jardín se encuentra en su máximo esplendor y carácter nipón, debido a sus sakuras. Yo he disfrutado de ellas hoy, 21 de marzo, con el inicio de la estación floral. Pero la asociación navarra de cultura japonesa Nihonnipon, que celebra cada año el Hanami en el parque, se reunirá el 16 de abril.


Hasta la ciudad de Nueva York ha caído rendida a la preciosidad y el encanto de este evento con la celebración, cada año, del Sakura Matsuri Cherry Blossom Festival NYC en el jardín botánico de Brooklyn. No es más que otro ejemplo de fusión cultural que muestra aprecio y respeto a la pluralidad.


Yo, algunos años atrás, sentada sobre el puente que cruza el estanque al anochecer.

De todos modos, y volviendo al recoveco navarro, no todo lo que se encuentra allí forma parte de esta cultura exótica. Otros complementos que se encuentran en esta zona verde de la urbe pamplonica contribuyen a ese ambiente de sosiego: hay una biblioteca pública homónima, aunque hay que decir que cada enero, con la celebración del festival Yamaguchi Torii, acoge un taller de haikus para enseñar el arte de la escritura poética de este estilo tan puramente japonés e íntimamente ligado a la naturaleza; el Planetario, uno de mis lugares favoritos desde siempre, en el que no sólo es posible admirar los astros sino deleitarse con sus diversas exposiciones y aprender en los cursos de ciencia que imparten; las salas de cine Yamaguchi, muy recomendables, ya que cuentan con la oferta más alternativa de Pamplona al proyectar películas en idioma original, documentales, etc.; y una escultura del gran Jorge Oteiza denominada 'Une espirituala', que viene a ser 'momento espiritual' en vasco. Elementos y espacios, sin duda, para la contemplación y la reflexión, al igual que el equinoccio.

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