• Ainhoa E.S.

Persiguiendo a Gatsby en NY


Descubre, en la ciudad de los rascacielos, los rincones de esta gran historia literaria también adaptada a la gran pantalla.

Un momento, ¿quién es Gatsby? Un espía de los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, un asesino, pariente del Káiser, primo segundo del diablo... hay muchos rumores. Lo que está claro es que es un personaje de ficción cuya identidad se desvela a medida que avanza su historia, recogida en 'El gran Gatsby', un clásico de la literatura americana, escrito por F. Scott Fitzgerald en la tercera década del siglo XX, y ambientado 1922 en la llamada Capital del Mundo: Nueva York. Esto es evidente en los excesos de alcohol -a pesar de la famosa y prohibitiva Ley Seca-, fiestas grandilocuentes, prosperidad económica y apogeo general descrito en la novela y propio de esos años, conocidos como 'los felices 20' o los Locos Veinte, que terminaron con la caída de la bolsa en el Jueves Negro y el posterior Crack del 29 que dio inicio al periodo denominado La Gran Depresión. Las películas que han adaptado la narración también han sido fieles en plasmar mediante imágenes la atmósfera festiva, dejando en el imaginario colectivo una fotografía idealizada, aún más si cabe, de La ciudad que nunca duerme. Pero, ¿son reales esos escenarios mostrados y lugares descritos? Algunos sí, o parcialmente, como los distintos perfiles de Gatsby. Por ejemplo, los siguientes.

Queensboro Bridge

"La ciudad vista desde el puente de Queensboro siempre es la ciudad vista por primera vez; virgen en su promesa de todo el misterio y toda la belleza del mundo", decía Nick Carraway, narrador y uno de los protagonistas del relato. Esa frase me tocó muy hondo, porque es verdad.

Ése es mi primer recuerdo de Nueva York; esa imagen y esa sensación: iba en un taxi desde el aeropuerto JFK hacia Manhattan sin saber lo que me esperaría durante el año casi y medio en que residí allí. Sin billete de vuelta, iba sentada de madrugada, cansada después de un día entero de viaje persiguiendo al sol -volé desde el amanecer barcelonés, con parada en Oslo, de Este a Oeste, siguiendo el recorrido de la luz solar-, en el asiento de atrás mientras miraba por la ventana las luces de los rascacielos. Al principio como una barrera, desde Queens, y después entre ellos. Fue un cúmulo de sensaciones: asombro, admiración, miedo -incluso arrepentimiento de verme sola ante esa inmensidad; sin exagerar, sentí terror-, nervios... era un lugar desconocido y precioso en el que inevitablemente me adentraba.

La mención y descripción en la escritura de F. S. Fitzgerald de Queensboro Bridge es real.

Este recuerdo lo he mantenido siempre muy vivo -tal y como se dice en el relato: "Así que seguimos avanzando, como barcos contra la corriente, contra la actualidad, llevados incesantemente al pasado"-, fue una experiencia muy intensa, e incluso he escrito sobre ello en mi intimidad. De manera que el encuentro con esa frase de Carraway, o del Fitzgerald mejor dicho, me emocionó. Me sentí acompañada en contraste con la sensación de soledad en ese taxi. Al parecer no fui, ni soy, la única con esa vivencia. El autor describió una realidad, tal y como yo misma la viví. Ya lo decía Hemingway: "Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera, escribe la frase más verdadera que conozcas", y puede que ahí esté la grandeza de la literatura, en hablar de lo que el lector puede reconocer -o descubrir, si todavía no lo ha experimentado en su vida-. A pesar de que 'El Gran Gatsby' es una historia de ficción, posiblemente sean esas ideas las que lo han encumbrado. En este caso concreto, la descripción de un lugar existente y de los sentimientos que evoca.

Skyline o las luces de la ciudad

La alusión a la ciudad vista por primera vez hace referencia a la figura o retrato de ella que se logra desde el puente, cuando lo que se ve de ella es una línea de edificios sobre el East River -río del este- conocida como skyline. En el libro se menciona un par de veces, la primera vez Fitzgerald (1922, p. 52) habla de ello así:

Sobre el gran puente [Queensboro], con la luz del sol a través de las vigas haciendo un parpadeo constante sobre los automóviles en movimiento, con la ciudad elevándose a través del río en montones blancos y terrones de azúcar todo construido con un deseo de dinero no olfativo (...) con los guardabarros extendidos como alas, dispersamos la luz a través de la mitad de Astoria.

Describe los luminosos rascacielos de Manhattan vistos desde Long Island, ni más ni menos que desde Astoria (Queens), antes de llegar al puente antes mencionado. Es un barrio real. De hecho, dos de mis amigos vivían allí, donde pasé largas horas comiendo, cenando, festejando o, simplemente, de visita.

Imagen del skyline de Manhattan desde una tumbona en Long Island City (Queens).

La fotografía la realicé en mi segundo mes en la ciudad.

La segunda referencia, por otro lado, cambia el punto de vista, ya que los edificios quedan a sus espaldas: "Eran las siete en punto cuando nos metimos en el coupé con él [Tom Buchanan] y partimos para Long Island (...) la simpatía humana tiene sus límites y nos contentamos con dejar que todos sus trágicos argumentos se desvaneciesen con las luces de la ciudad detrás". Es decir, conducen desde Manhattan.

Lo cierto es que, tal y como se ha explicado en el apartado de Queensboro Bridge, la luminiscencia de Nueva York es impresionante -y tangible-. La contaminación lumínica no deja ver las estrellas, pero en su lugar está el propio brillo de la urbe. Aquí hay que hacer una distinción y destacar la película de Baz Luhrmann en su adaptación de 2013 con DiCaprio como uno de los protagonistas.

Sin quitar mérito al filme de 1974, con una ambientación muy cuidada, por no hablar de un elegantísimo Robert Redford y una guapísima Mía Farrow, la fotografía de la cinta del australiano es la culpable de que en estos momentos esté escribiendo esta entrada. La reproducción de los paisajes, la geografía, el alumbrado de la Gran Manzana... es alucinante. Me llevó a buscar la localización del rodaje y, en consecuencia, redactar estas líneas.

El brillo de La Gran Manzana desde las alturas. Esta fotografía la realicé desde una azotea de midtown.

Era de esperar. Siempre he admirado el trabajo de este cineasta. Aunque parezca mentira, porque entonces contaba con alrededor de cinco años, Romeo + Juliet (1996) fue una de las primeras cintas que vi y todo el conjunto del metraje -la BSO, los escenarios, la historia...- está muy incrustado en mi memoria. Luego vino, ya más mayor, Moulin Rouge! (2001), con su París bohemia o, mejor dicho, Montmatre y ornamentación hindú; Australia (2008), con escenas western en parajes y atardeceres sobrecogedores; The Get Down (2016), de la cual me quedo con el interesante periodo histórico -el nacimiento del hip-hop en el Sur del Bronx y el fuerte movimiento artístico urbano en la ciudad, especialmente el street-art en los vagones de metro-; el re-descubrimiento de Romeo + Juliet -con sus referencias clásicas shakesperianas pero también modernas con conjuntos de Prada en la alternativa y psicodélica Venice Beach-; y, finalmente, El gran Gatsby (2013), de la que disfruté hace unas semanas y no me dejó indiferente, principalmente por las vistas nocturnas de NYC, junto con las bahías, la representación vintage urbe y el entorno de los Locos Veinte que a continuación se tratarán.

El destello verde

En la trama existe otro centelleo, de vital importancia y color esmeralda, proveniente del faro situado en el embarcadero de la mansión de Tom y Daisy Buchanan. Gatsby lo observa desde su casa, ubicada en la orilla de en frente, y parece ser que es el único que repara en él.

Esta luz verde es ficticia. No existe ese lucero. Sin embargo, al igual que el protagonista divisa el resplandor verde sobre el agua, hay un fenómeno atmosférico real del mismo color denominado Rayo Verde o Destello Verde, y es igual o casi tan romántico como el de la novela.

Serie de fotografías que muestran El Rayo Verde. Imagen de Brocken Inaglory.

Julio Verne escribió sobre él en Le Rayon vert (1882), cuyo argumento trata acerca de la difícil búsqueda esta manifestación óptica, puesto que únicamente puede verse bajo ciertas condiciones en el momento en el que el sol desaparece del horizonte del mar, lo cual es verdad -se aprecia con más facilidad en días claros, cuando el disco solar se oculta en una superficie muy llana, como el mar, unos diez minutos antes de la puesta de sol; aunque también puede suceder con las primeras luces del amanecer-. En la historia se cuenta una leyenda que narra que si dos personas perciben el rayo verde al mismo tiempo quedan automáticamente enamoradas la una de la otra.

Tal vez eso explique la suerte que corre Gatsby. Sin olvidar que en ambos casos esta luz es la representación de lo que el mismo color esmeralda simboliza: la esperanza -de encontrar el destello en el caso de Verne y de alcanzar lo que se encuentra al otro lado de la bahía en el de Gatsby-.

Penínsulas West Egg e East Egg (Long Island)

El faro verde de la narración es parte de la residencia de los Buchanan situada en la península East Egg -zona en la que viven los herederos de viejas fortunas-, justo en frente del palacio del protagonista en la península West Egg -área en la orilla de enfrente, que está poblada por nuevos ricos-. Ambas se encuentran en Long Island, dentro del estado neoyorquino pero fuera de la ciudad.

Estos dos lugares existen, aunque no con esos nombres. El escritor se inspiró en las veladas reales a las que él asistió en mansiones de la costa norte de Long Island, también conocida como Costa de Oro. Concretamente, en Great Neck y Kings Point para la región en la que se localiza la residencia de Gatsby y la humilde morada de Carraway; y Port Washington y Sands Point para el lugar donde convive el matrimonio Buchanan. Al igual que en el libro, los dos sitios pertenecen a penínsulas, se dividen por la bahía Manhasset y ambos márgenes están reservados para gente adinerada.


Mapa que muestra la localización de Great Neck junto a Kings Point -East Egg en la novela- separados de Port Washington y Sands Point -West Egg en la ficción- por la bahía Manhasset.

La arquitectura y localizaciones espectaculares mostradas en la película de 2013, de hecho, están inspiradas en residencias verdaderas de esas dos ubicaciones, aunque únicamente inspiradas, porque el set de rodaje se situó en Australia y se trabajó con decorados, chromas y otros efectos. El palacio del personaje de DiCaprio, por ejemplo, se encuentra en Kings Point y es una mansión de estilo colonial, erigida en 1928, con vistas a NYC. En cuanto a la propiedad de East Egg, está basada en los Old Westbury Gardens, una vivienda de 1906 hoy reconvertida en museo -abierto a visitas, exhibiciones y eventos- localizada a diez millas de Sands Point. Perteneció a John Shaffer Phipps -al que casualmente sus amigos llamaban 'Jay'-, heredero de la fortuna U.S. Steel, que intentando atraer a su novia británica Margarita, le prometió a ésta construirle un hogar en semejanza a su propia casa familiar de Battle Abbey. La directora artística y compañera sentimental del Luhrmann, Chatherine Martin, añadió al inmueble un estilo formal para contrastar el carácter clásico los herederos de antiguas fortunas con la forma de ser más fantasiosa de los nuevos acaudalados.

La elección de los nombres de East Egg y West Egg puede que tenga que ver con East Hampton y West Hampton, dos zonas de Long Island, llamadas en conjunto 'Los Hamptons', donde los acaudalados construyen sus viviendas y en las que se da la misma distinción de nuevos y antiguos ricos. Además, en esa época, en los años veinte, el desayuno favorito de los estadounidenses era el jamón -en inglés ham- y los huevos -en inglés egg, eggs en plural-, y posiblemente el autor pretendía dar un toque humorístico creando una conexión entre los verdaderos East y West Ham-ptons y los ficticios East y West Egg.