• Ainhoa E.S.

Persiguiendo a Gatsby en NY


Descubre, en la ciudad de los rascacielos, los rincones de esta gran historia literaria también adaptada a la gran pantalla.

Un momento, ¿quién es Gatsby? Un espía de los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, un asesino, pariente del Káiser, primo segundo del diablo... hay muchos rumores. Lo que está claro es que es un personaje de ficción cuya identidad se desvela a medida que avanza su historia, recogida en 'El gran Gatsby', un clásico de la literatura americana, escrito por F. Scott Fitzgerald en la tercera década del siglo XX, y ambientado 1922 en la llamada Capital del Mundo: Nueva York. Esto es evidente en los excesos de alcohol -a pesar de la famosa y prohibitiva Ley Seca-, fiestas grandilocuentes, prosperidad económica y apogeo general descrito en la novela y propio de esos años, conocidos como 'los felices 20' o los Locos Veinte, que terminaron con la caída de la bolsa en el Jueves Negro y el posterior Crack del 29 que dio inicio al periodo denominado La Gran Depresión. Las películas que han adaptado la narración también han sido fieles en plasmar mediante imágenes la atmósfera festiva, dejando en el imaginario colectivo una fotografía idealizada, aún más si cabe, de La ciudad que nunca duerme. Pero, ¿son reales esos escenarios mostrados y lugares descritos? Algunos sí, o parcialmente, como los distintos perfiles de Gatsby. Por ejemplo, los siguientes.

Queensboro Bridge

"La ciudad vista desde el puente de Queensboro siempre es la ciudad vista por primera vez; virgen en su promesa de todo el misterio y toda la belleza del mundo", decía Nick Carraway, narrador y uno de los protagonistas del relato. Esa frase me tocó muy hondo, porque es verdad.

Ése es mi primer recuerdo de Nueva York; esa imagen y esa sensación: iba en un taxi desde el aeropuerto JFK hacia Manhattan sin saber lo que me esperaría durante el año casi y medio en que residí allí. Sin billete de vuelta, iba sentada de madrugada, cansada después de un día entero de viaje persiguiendo al sol -volé desde el amanecer barcelonés, con parada en Oslo, de Este a Oeste, siguiendo el recorrido de la luz solar-, en el asiento de atrás mientras miraba por la ventana las luces de los rascacielos. Al principio como una barrera, desde Queens, y después entre ellos. Fue un cúmulo de sensaciones: asombro, admiración, miedo -incluso arrepentimiento de verme sola ante esa inmensidad; sin exagerar, sentí terror-, nervios... era un lugar desconocido y precioso en el que inevitablemente me adentraba.

La mención y descripción en la escritura de F. S. Fitzgerald de Queensboro Bridge es real.

Este recuerdo lo he mantenido siempre muy vivo -tal y como se dice en el relato: "Así que seguimos avanzando, como barcos contra la corriente, contra la actualidad, llevados incesantemente al pasado"-, fue una experiencia muy intensa, e incluso he escrito sobre ello en mi intimidad. De manera que el encuentro con esa frase de Carraway, o del Fitzgerald mejor dicho, me emocionó. Me sentí acompañada en contraste con la sensación de soledad en ese taxi. Al parecer no fui, ni soy, la única con esa vivencia. El autor describió una realidad, tal y como yo misma la viví. Ya lo decía Hemingway: "Todo lo que tienes que hacer es escribir una frase verdadera, escribe la frase más verdadera que conozcas", y puede que ahí esté la grandeza de la literatura, en hablar de lo que el lector puede reconocer -o descubrir, si todavía no lo ha experimentado en su vida-. A pesar de que 'El Gran Gatsby' es una historia de ficción, posiblemente sean esas ideas las que lo han encumbrado. En este caso concreto, la descripción de un lugar existente y de los sentimientos que evoca.

Skyline o las luces de la ciudad

La alusión a la ciudad vista por primera vez hace referencia a la figura o retrato de ella que se logra desde el puente, cuando lo que se ve de ella es una línea de edificios sobre el East River -río del este- conocida como skyline. En el libro se menciona un par de veces, la primera vez Fitzgerald (1922, p. 52) habla de ello así:

Sobre el gran puente [Queensboro], con la luz del sol a través de las vigas haciendo un parpadeo constante sobre los automóviles en movimiento, con la ciudad elevándose a través del río en montones blancos y terrones de azúcar todo construido con un deseo de dinero no olfativo (...) con los guardabarros extendidos como alas, dispersamos la luz a través de la mitad de Astoria.

Describe los luminosos rascacielos de Manhattan vistos desde Long Island, ni más ni menos que desde Astoria (Queens), antes de llegar al puente antes mencionado. Es un barrio real. De hecho, dos de mis amigos vivían allí, donde pasé largas horas comiendo, cenando, festejando o, simplemente, de visita.

Imagen del skyline de Manhattan desde una tumbona en Long Island City (Queens).

La fotografía la realicé en mi segundo mes en la ciudad.

La segunda referencia, por otro lado, cambia el punto de vista, ya que los edificios quedan a sus espaldas: "Eran las siete en punto cuando nos metimos en el coupé con él [Tom Buchanan] y partimos para Long Island (...) la simpatía humana tiene sus límites y nos contentamos con dejar que todos sus trágicos argumentos se desvaneciesen con las luces de la ciudad detrás". Es decir, conducen desde Manhattan.

Lo cierto es que, tal y como se ha explicado en el apartado de Queensboro Bridge, la luminiscencia de Nueva York es impresionante -y tangible-. La contaminación lumínica no deja ver las estrellas, pero en su lugar está el propio brillo de la urbe. Aquí hay que hacer una distinción y destacar la película de Baz Luhrmann en su adaptación de 2013 con DiCaprio como uno de los protagonistas.

Sin quitar mérito al filme de 1974, con una ambientación muy cuidada, por no hablar de un elegantísimo Robert Redford y una guapísima Mía Farrow, la fotografía de la cinta del australiano es la culpable de que en estos momentos esté escribiendo esta entrada. La reproducción de los paisajes, la geografía, el alumbrado de la Gran Manzana... es alucinante. Me llevó a buscar la localización del rodaje y, en consecuencia, redactar estas líneas.

El brillo de La Gran Manzana desde las alturas. Esta fotografía la realicé desde una azotea de midtown.

Era de esperar. Siempre he admirado el trabajo de este cineasta. Aunque parezca mentira, porque entonces contaba con alrededor de cinco años, Romeo + Juliet (1996) fue una de las primeras cintas que vi y todo el conjunto del metraje -la BSO, los escenarios, la historia...- está muy incrustado en mi memoria. Luego vino, ya más mayor, Moulin Rouge! (2001), con su París bohemia o, mejor dicho, Montmatre y ornamentación hindú; Australia (2008), con escenas western en parajes y atardeceres sobrecogedores; The Get Down (2016), de la cual me quedo con el interesante periodo histórico -el nacimiento del hip-hop en el Sur del Bronx y el fuerte movimiento artístico urbano en la ciudad, especialmente el street-art en los vagones de metro-; el re-descubrimiento de Romeo + Juliet -con sus referencias clásicas shakesperianas pero también modernas con conjuntos de Prada en la alternativa y psicodélica Venice Beach-; y, finalmente, El gran Gatsby (2013), de la que disfruté hace unas semanas y no me dejó indiferente, principalmente por las vistas nocturnas de NYC, junto con las bahías, la representación vintage urbe y el entorno de los Locos Veinte que a continuación se tratarán.

El destello verde

En la trama existe otro centelleo, de vital importancia y color esmeralda, proveniente del faro situado en el embarcadero de la mansión de Tom y Daisy Buchanan. Gatsby lo observa desde su casa, ubicada en la orilla de en frente, y parece ser que es el único que repara en él.

Esta luz verde es ficticia. No existe ese lucero. Sin embargo, al igual que el protagonista divisa el resplandor verde sobre el agua, hay un fenómeno atmosférico real del mismo color denominado Rayo Verde o Destello Verde, y es igual o casi tan romántico como el de la novela.

Serie de fotografías que muestran El Rayo Verde. Imagen de Brocken Inaglory.

Julio Verne escribió sobre él en Le Rayon vert (1882), cuyo argumento trata acerca de la difícil búsqueda esta manifestación óptica, puesto que únicamente puede verse bajo ciertas condiciones en el momento en el que el sol desaparece del horizonte del mar, lo cual es verdad -se aprecia con más facilidad en días claros, cuando el disco solar se oculta en una superficie muy llana, como el mar, unos diez minutos antes de la puesta de sol; aunque también puede suceder con las primeras luces del amanecer-. En la historia se cuenta una leyenda que narra que si dos personas perciben el rayo verde al mismo tiempo quedan automáticamente enamoradas la una de la otra.

Tal vez eso explique la suerte que corre Gatsby. Sin olvidar que en ambos casos esta luz es la representación de lo que el mismo color esmeralda simboliza: la esperanza -de encontrar el destello en el caso de Verne y de alcanzar lo que se encuentra al otro lado de la bahía en el de Gatsby-.

Penínsulas West Egg e East Egg (Long Island)

El faro verde de la narración es parte de la residencia de los Buchanan situada en la península East Egg -zona en la que viven los herederos de viejas fortunas-, justo en frente del palacio del protagonista en la península West Egg -área en la orilla de enfrente, que está poblada por nuevos ricos-. Ambas se encuentran en Long Island, dentro del estado neoyorquino pero fuera de la ciudad.

Estos dos lugares existen, aunque no con esos nombres. El escritor se inspiró en las veladas reales a las que él asistió en mansiones de la costa norte de Long Island, también conocida como Costa de Oro. Concretamente, en Great Neck y Kings Point para la región en la que se localiza la residencia de Gatsby y la humilde morada de Carraway; y Port Washington y Sands Point para el lugar donde convive el matrimonio Buchanan. Al igual que en el libro, los dos sitios pertenecen a penínsulas, se dividen por la bahía Manhasset y ambos márgenes están reservados para gente adinerada.


Mapa que muestra la localización de Great Neck junto a Kings Point -East Egg en la novela- separados de Port Washington y Sands Point -West Egg en la ficción- por la bahía Manhasset.

La arquitectura y localizaciones espectaculares mostradas en la película de 2013, de hecho, están inspiradas en residencias verdaderas de esas dos ubicaciones, aunque únicamente inspiradas, porque el set de rodaje se situó en Australia y se trabajó con decorados, chromas y otros efectos. El palacio del personaje de DiCaprio, por ejemplo, se encuentra en Kings Point y es una mansión de estilo colonial, erigida en 1928, con vistas a NYC. En cuanto a la propiedad de East Egg, está basada en los Old Westbury Gardens, una vivienda de 1906 hoy reconvertida en museo -abierto a visitas, exhibiciones y eventos- localizada a diez millas de Sands Point. Perteneció a John Shaffer Phipps -al que casualmente sus amigos llamaban 'Jay'-, heredero de la fortuna U.S. Steel, que intentando atraer a su novia británica Margarita, le prometió a ésta construirle un hogar en semejanza a su propia casa familiar de Battle Abbey. La directora artística y compañera sentimental del Luhrmann, Chatherine Martin, añadió al inmueble un estilo formal para contrastar el carácter clásico los herederos de antiguas fortunas con la forma de ser más fantasiosa de los nuevos acaudalados.

La elección de los nombres de East Egg y West Egg puede que tenga que ver con East Hampton y West Hampton, dos zonas de Long Island, llamadas en conjunto 'Los Hamptons', donde los acaudalados construyen sus viviendas y en las que se da la misma distinción de nuevos y antiguos ricos. Además, en esa época, en los años veinte, el desayuno favorito de los estadounidenses era el jamón -en inglés ham- y los huevos -en inglés egg, eggs en plural-, y posiblemente el autor pretendía dar un toque humorístico creando una conexión entre los verdaderos East y West Ham-ptons y los ficticios East y West Egg.

Vídeo que muestra los la construcción de estos espacios en la película de 2013. En lo que respecta a la cabaña de Nick,

se compuso en su totalidad por ordenador.

Quien tenga interés cuenta con la posibilidad de visitar estos puntos de la geografía gatsbyesca con un tour en barco de noventa minutos, que navega por Manhasset Bay y Long Island Sound -aquí más información-. Parece ser que Luhrmann y Martin realizaron la excursión en 2008 investigando para el filme. Esta visita guiada se ofrece una vez al mes. Para quien no coincida con las fechas, puede pasear hasta la casa de los Fitzgerald, los cuales residieron de 1922 a 1924 en el número seis de Gateway Drive, hoy una vivienda privada en Great Neck, donde el creador gestó su obra maestra mientras acudían a las fiestas de "esa esbelta isla desenfrenada", como describió en la novela, en las que se basó. El NYTimes explica que hoy quedan pocas de esas mansiones, pero hay dos a las que el visitante puede pasar, que son propiedad de los Guggenheim: la llamada Falaise, abierta al público; y Hempstead House, vacía y dispuesta a que turistas y equipos de cine la fotografíen y graben.

El valle de las cenizas (Valley of Ashes)

Mientras West e East Egg acogen a la comunidad acomodada, a medio camino entre estas dos penínsulas y La Gran Manzana hay una zona empobrecida llamada El valle de las cenizas. Se atraviesa para ir de un lado a otro a través del ferrocarril o en coche por carretera. El libro narra que se encuentra sobre tierra gris y que abunda un polvo sombrío. Es un vertedero lleno de contaminación, el lado oscuro de la isla frente a esa fachada repleta de festejos, ruido y fortuna. Es una decadencia oculta por la ciudad de los rascacielos y los 'huevos'.

En esta zona hay una cartelera con el dibujo de un par de ojos descoloridos que parecen vigilar a todos. Es una representación de Dios, que observa al mundo en su camino hacia la inmoralidad con sus excesos. En la historia, Wilson le dice a Myrtle: "Podrás engañarme a mí, pero no a Dios, Dios lo ve todo", al mismo tiempo que mira el panel.

Según cuenta el novelista, esas retinas forman parte de un anuncio puesto por un oculista que tenía la intención de "engordar su negocio en Queens", lo que confirmaría que el Valley of Ashes pertenece a NYC, puesto que sitúa esos ojos siempre abiertos, siempre vigilantes, en uno de los boroughs de La ciudad que nunca duerme; precisamente, en Flushing.

Lo que hoy es el Parque Flushing Meadows-Corona, en la época de Fitzgerald era Corona Ash Dump,

lugar en que se basó para su Valley of Ashes. Fotografía de Guy Percival.

Sobre su autenticidad, una vez más, la designación del lugar es fruto de la imaginación del autor, pero encontró la inspiración en la realidad. A finales del siglo XIX, Great Neck era el final de la línea ferroviaria New York and Flushing Railroad, lo cual modificó el entorno pasando de ser una aldea agrícola a una urbe de cercanías. Además, los hornos de combustión de carbón que abastecía el transporte de toda NY producían una gran cantidad de ceniza que tenía que ir a algún sitio, y un basurero se colocó en Corona, Queens, llamado Corona Ash Dump y apodado Mount Corona -he aquí una imagen-. Recibía montones a diario, creando montañas de ceniza a lo largo del río Flushing. De ahí que el escritor lo usase como símbolo de la devastación de la sociedad industrial y el desperdicio ocasionado por los ricos: “Este es el Valle de las cenizas, una granja fantástica donde las cenizas crecen como el trigo y se convierten en cordilleras, colinas y jardines grotescos". A finales de los años 30, la zona se limpió para construir lo que hoy es el Parque Flushing Meadows-Corona y acoger la Feria Mundial de 1939.

El apartamento de Nueva York

En uno de esos trenes que atravesaban la región polvorienta, Tom Buchanan y Nick Carraway viajan cuando el ferrocarril se detiene en Valle de las cenizas. Ambos bajan del vagón e interactúan con Myrtle Wilson, amante de Buchanan, acordando verse en el apartamento de Nueva York: "Nos dirigimos a la Quinta Avenida (...) continuamos, pasando otra vez por el parque, hacia los lados de la calle 100 Oeste. En la calle 158 el taxi se detuvo frente a una de las tajadas de una larga y blanca torta de apartamentos (...) el apartamento estaba en el piso superior". En otras palabras, se dirigen a un piso situado en Washington Heights -el barrio en el que se encuentra el conocido puente George Washington del que hablé en esta entrada-.

Nick Carraway y Tom Buchanan en el apartamento neoyorquino de la película de 2013.

De ahí en adelante, Carraway se centra en el interior de la estancia: "La salita estaba atiborrada hasta las puertas por un juego de muebles capitoneados demasiado grandes para el lugar, de modo que moverse en ella significaba tropezar a cada momento con escenas de damas meciéndose en los jardines de Versalles". Es un comentario sobre el nivel socio-económico de Myrtle y sus gustos de decoración. La descripción del apartamento enseña la gran división de clases. Tom Buchanan es adinerado, pero no escatima en gastos con su amante. Ella trata de imitar a los ricos y no sólo no lo consigue, sino que se hace evidente. En la versión de Luhrmann, los tonos rojos, el exceso de ornamentación -no hay ni una esquina libre- y ese punto 'hortera' y vintage me recordaron al estilo burlesque del submundo de Moulin Rouge!, solo que Manhattan.

Times Square

A pesar de que en el relato no aparece Times Square, Baz Luhrmann añadió este punto tan emblemático de la ciudad y lo hizo tan exquisítamente -en un sentido estético, que no tiene por qué ser fiel a la realidad-, que merece la pena echarle un vistazo: presentó una versión vintage, preciosa, tan luminosa como el espíritu de la década.

Al fin y al cabo es una adaptación, lo cual quiere decir que es una re-interpretación de la obra desde el punto de vista de otro creador y para otro medio -por tanto amoldado a las características de esta otra plataforma, el cine-. Es una nueva creación. Cabe permitirse la libertad de añadir o modificar elementos que permitan contar una historia basada -inspirada, que bebe de ella, pero no tiene por qué emular al dedillo, he ahí la aportación del creativo- en el trabajo del autor


Tuit de la cuenta oficial de Times Square que muestra la visión del lugar

que Luhrmann mostró en la cinta de 2013.

Desde esa independencia, el australiano compartió en el metraje su visión de Times Square ideal para esta narración. De manera que aunque el espectador pueda pensar que al en la película está viendo la versión real de la Gran Vía Blanca en los años veinte, no es así. Está inspirada en ella, con componentes acorde a la realidad, pero también está cargada de referencias que rinden homenaje a la novela y a su tiempo, que no tendrían por qué estar, pero que no hacen más que aumentar su sentido poético.

Para empezar, a la izquierda, en la azotea de un edificio y bajo unas banderas estadounidenses, se puede leer 'Hotel Sayre', una pensión inexistente. Sayre era el apellido de Zelda Fitzgerald, esposa del autor y, sobre todo, una mujer de lo más interesante -recomiendo la serie 'Z: The Beginning of Everything' (2016), basada en el libro Z: A Novel of Zelda Fitzgerald de Therese Anne Fowler-, de modo que es un homenaje a la que también fue escritora -de hecho, el prosista utilizó fragmentos textuales del diario personal de ella para 'A este lado del paraíso', antecesora de 'El Gran Gatsby'-. En la BSO del filme incluso hay una canción con el mismo título, 'Hotel Sayre', que a su vez es una adaptación de Young and Beautiful (Lana del Rey) también de la banda sonora.

Times Square en 1923. Fotografía del libro New York, Then and Now de Annette Whiteridge.

Siguiendo con la escena del director, al lado del hotel, aparece un teatro con una cartelera en la que se anuncia 'Blood and Sand' de Rodolfo Valentino y 'Douglas Fairbanks in Robin Hood', películas de 1922 y realizando así un guiño cinéfilo. Después hay un mar de coches con algún que otro taxi amarillo, signo inconfundible de la ciudad, que enseñan el nombre de la empresa que en ese tiempo los gestionaba: Yellow Cab Company. Los coches llegan hasta la Times Tower en el centro, edificio que aún se conserva y que es la máxima insignia de la plaza. Como ahora, la construcción está adornada con publicidad: se muestra un anuncio de Sonora, empresa de fonógrafos que en aquel entonces tenía su espacio publicitario en el mismo lugar; y, más arriba, se observa un cartel de Arrow Collars, compañía de cuello de camisa desmontable, primera empresa estadounidense en tener un modelo masculino -es más, el 'Arrow Collar Man' es el tipo de persona elegante que puebla el mundo gatsbyesco; en el filme de 2013 Daisy compara a James Gatz con esa figura- y que también se mostraba en Times Square. Por último, junto a la torre publicitaria, se puede divisar el Capitol Theatre, sala real cuya ubicación era idéntica.

Distrito financiero

Otro enclave mostrado en la obra del director, pero del que no hay ni rastro en las palabras del prosista, es el distrito financiero. Carraway se dedica a vender bonos de acciones en ambas versiones, pero es en el filme más reciente donde explícitamente se nombra y aparece Wall Street, lugar en el que Nick aparentemente trabaja. La voz del personaje lo cuenta así: "En el verano de 1922 el tempo de la ciudad rozaba la histeria. Las acciones alcanzaron picos record y Wall St. floreció con un frenesí dorado. Las fiestas eran más sonadas, los espectáculos más descarados, los edificios más altos, la moralidad más libertina y el alcohol, tras su contraproducente prohibición, más barato. Wall St. era un señuelo para los jóvenes y ambiciosos y yo era uno de ellos".

Señal que indica la calle de Wall Street. Su nombre proviene de una muralla construida en ese mismo lugar por los colonos holandeses en el siglo XVII para marcar la frontera sur de la ciudad, entonces llamada Nueva Ámsterdam en vez de Nueva York, y 'protegerla' de los indios Lenape y los colonos ingleses.

El escritor se basó en la realidad de la época, ya que en los felices años veinte Estados Unidos estaba eufórico. Principalmente, gracias a que, tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el país se ganó el primer puesto como potencia global al convertirse en el gran productor, exportador y acreedor de una Europa destruida, endeudada y con gran necesidad y demanda de recursos.

Fue un tiempo dorado en el que los estándares de vida, seguridad y bienestar de los estadounidenses aumentaron. Hubo otros factores también, como el que en el sector industrial se aplicaran nuevas técnicas de producción -la automatización, la cadena de montaje...-. Es el caso de la compañía automovilística Ford -véase el sistema Fordismo-, lo cual permitió reducir los costes de los vehículos e incrementar los salarios de los empleados y, con ello, el nivel adquisitivo, popularizando productos como los propios coches, el teléfono y los electrodomésticos. Los obreros de las fábricas pasaron a ser miembros de la clase media, es decir, hubo una ampliación de este estamento social, un enriquecimiento general de la población.

Parte del corazón financiero neoyorquino en downtown, donde se concentran los rascacielos de NY

y se encuentra la afamada Wall Street, entre otras calles.

Todo esto generó una oleada consumista. Ésta también fue la etapa en que se introdujo la venta a plazos o, lo que es lo mismo, compras de bienes de los que todavía no se tenía el dinero suficiente para su adquisición, llegando mucha gente a endeudarse. Además los créditos bancarios prácticamente se regalaban. Eran muy fáciles de conseguir y se abusó de ello, agrandando las deudas. Fue una época de extremos, de ahí la denominación de 'locos años veinte'.

La sociedad gastaba sin reparo y el distrito financiero neoyorquino vivió un gran esplendor hasta que hizo 'crack', debido a la sobreproducción al que las clases medias y bajas no pudieron hacer frente -no podían permitirse seguir consumiendo tanto, no se logró suficientes compradores-; por no hablar del problema económico europeo, con cuyas monedas devaluadas USA perdió a muchos consumidores -aunque el viejo continente seguía dependiendo de EEUU, por lo que fue arrastrado a la crisis-. La especulación de la bolsa también fue determinante, y la gran inflación se dio en el distrito financiero de Nueva York, entonces un total parque de atracciones para el derroche, donde aconteció la enorme caída de 1929 que afectó a todo el globo.


Hoy, la ciudad más poblada de la potencia global que es EEUU, NYC, es considerada una de las capitales

mundiales para la inversión en el mercado inmobiliario. De hecho, en los años veinte,

hubo mucha demanda en la construcción de rascacielos.

Fue un esplendor efímero en cuyo máximo apogeo sucede la historia de Gatsby. Los resquicios de esa prosperidad son todavía patentes en una urbe referente en el ámbito económico y muchas veces llamada 'capital del mundo'. El distrito financiero, con la mayor bolsa de valores del planeta, es una prueba de ello. Las inversiones se realizan en sectores diversos, como en el de los inmuebles, uno de los más importantes. En lo que respecta al negocio bancario, la empresa líder, tanto en inversiones bancarias como privadas y en servicios financieros, es JPMorgan Chase Bank o Chase Manhattan Bank, banco cuyas oficinas centrales se encuentran en Nueva York y al que Fitzgelald probablemente apeló -y, si no, Luhrmann lo hizo- mediante el personaje ficticio Walter Chase, amigo de Tom Buchanan.

Hotel Plaza

Otra de las enseñas de la opulencia de la ciudad y que el autor utilizó para mostrar el poder adquisitivo de los Buchanan es el lujoso Hotel Plaza, que aparece antes del clímax de la narración: "Todos dimos el paso, menos explicable, de alquilar la sala de una suite en el Hotel Plaza". Deciden ir allí después de que Daisy proponga alquilar cinco baños, uno para cada uno, y bañarse con agua fría para hacer frente al calor, otro ejemplo de su riqueza.

Aunque evidentemente no todo el mundo podrá disfrutar de una habitación en este hotel -me incluyo-, es otro de los símbolos de la Gran Manzana y un icono pop (en él se rodó en 1992 Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, donde Donald Trump hace un cameo). Es más, construido en 1907, desde 1988, y junto al Waldorf-Astoria, son los únicos hoteles de NY designados Lugar de interés histórico nacional. Su ubicación, junto a Central Park, es ideal para visitarlo a pesar de que sólo sea exteriormente.

Art déco

Hablando de edificios, en lo que a diseño se refiere, uno de los grandes emblemas de los años veinte que queda perfectamente representado en las dos películas que se han hecho basadas en esta obra es el movimiento decorativo Art déco. En ambas adaptaciones, se utiliza a la hora de trazar las iniciales de Jay Gatsby, pero donde es más visible es en el filme de DiCaprio, que se usa incluso en los créditos.

Cartel de la película de 2013 con un diseño Art déco.

Es una forma de ornamentación, resultado de una evolución del art nouveau, que se ha reproducido en artes variadas: arquitectura, interiores, diseño gráfico e industrial, pintura -el que fue marido de Frida Kahlo, el muralista Diego Rivera, fue uno de sus exponentes-, grabado, escultura, cinematografía -véase Metrópolis (1927), película que en mi caso tuve que ver, entre otras, en la carrera- y moda -Jean Patou y la marca Gucci, por ejemplo, se inspiraron en el Art déco-.

El único objetivo de esta corriente artística es embellecer, dejando de lado lo práctico. Es 'el arte por el arte', le décor pour le décor, en estado puro. Un canto a la estética. Para ello juega con formas geométricas, simetría, líneas rectas y patrones en compás (chevrón). Entre sus influencias se encuentran el cubismo, el constructivismo, el futurismo y el estilo racionalista de la Bauhaus. Utiliza colores primarios y centelleantes, como el dorado y el plateado, mientras recrea elementos de la naturaleza -rayos, nubes...- o fluidos acuáticos como olas marinas; motivos propios de la cultura azteca, maya, inca, mesopotámica o egipcia, influido por los sucesivos descubrimientos arqueológicos de la época; figuras que rinden homenaje a las innovaciones mecánicas de ese tiempo mostrando locomotoras, automóviles, barcos o aviones que representan el triunfo de la técnica y la velocidad; o animales como gacelas que también simbolizan la agilidad.


El edificio Chrysler de NY es una referencia arquitectónica en lo que a estilo Art déco se refiere.

Esta filosofía en la que primaba la belleza y se idolatraba el desarrollo tecnológico era acorde a la magnificencia o pomposidad y adelanto industrial del momento. La monumentalidad de civilizaciones como la del Antiguo Egipto que sirvieron de inspiración para el art déco, también se puso en práctica en la construcción de rascacielos. En Nueva York, el Rockefeller Center, el Waldorf-Astoria, el edificio de Chrysler y el Empire State Building, son muestras notorias de este tipo de diseño. Aunque hay que decir que, a pesar de que este movimiento artístico es una enseña de los años veinte, a excepción del hotel, los otros tres edificios mencionados se levantaron en la década de los treinta.

Charlestón

El auge económico y la felicidad del tiempo en el que se ubica la narración también llevó a que se innovasen otras formas artísticas, como el baile. Aquí es donde entra el charlestón, otro icono de los locos veinte, que aparece en las dos adaptaciones cinematográficas y a cuyo son seguramente bailaron los Fitzgerald en las fiestas en las que se basó el 'El gran Gatsby'.

El nombre charlestón proviene de la ciudad-puerto homónima situada en Carolina del Sur, ya que parece ser que nació, hacia 1903, como danza folclórica de la población negra que vivía en zonas portuarias, entre ellas la urbe de Charleston. Sin embargo, fue veinte años después cuando alcanzó el éxito nacional al popularizarse gracias a la canción 'The Charleston' de James P. Johnson. La melodía formaba parte del espectáculo Runnin' Wild que se interpretó en el New Colonial Theatre de Broadway, Nueva York, de 1923 a 1924, la cual logró mucha fama y con ella la canción y el baile.

Adaptación del tema 'The Charleston' (1923), de J.P. Johnson, por el artista Will.I.Am incluida en el filme de DiCaprio.

'The Charleston' hoy es una pieza célebre y, como tal, ha sido interpretada en numerosas ocasiones -este 2019 ha ingresado en el dominio público de USA, lo cual puede que incremente todavía más su uso-. La película acerca de esta novela de 1974 la incluyó para ambientar uno de los festejos del protagonista. En la de 2013, por su parte, se versionó mediante el tema 'Bang Bang' de Will.I.Am. No es la primera vez que se re-interpreta, Woody Allen ya lo hizo para su cinta Midnight in Paris con una adaptación de 'Enoch Light and the Charleston City All Stars', otra prueba más de su notoriedad y de que el charlestón fue un fenómeno que traspasó el Atlántico.

Tras la guerra, la gente tenía ganas de pasarlo bien y Estados Unidos, que había emergido como líder mundial, marcaba el rumbo en muchos aspectos: finanzas, moda, música... Se volvió común que las mujeres vistiesen faldas o vestidos con flecos que acompañaban los movimientos de este baile frenético también llamado 'Hit-Hop'. Se extendían las piernas al mismo tiempo que los pies giraban y los brazos se agitaban. La mayores características de esta danza eran la improvisación y la energía, debido a su larga duración y rapidez.

Gif que muestra un paso del charlestón.

Se expresaba despreocupación. Era el resultado de una sociedad que buscaba entretenerse, lo que supuso también un 'boom' en el cine, la fonografía, la radio -a principios de los veinte comenzó su edad dorada, su transformación en medio de comunicación de masas, que con el avance de la electricidad y una audiencia con grandes tasas de analfabetismo, se puso por delante de la prensa escrita- y otra forma novedosa de diversión relacionada: el jazz, género al que pertenece el charlestón.

El jazz

O no tan nueva, porque si bien a la década de los veinte se le conoce como 'la Era del jazz' -término acuñado por Scott Fitzgerald, por cierto, gracias a su libro 'Cuentos de la Era del Jazz' (1922)-, no fue entonces cuando nació, sino que los años veinte fueron el tiempo en el que este estilo musical tuvo su mayor difusión. Surgió en el siglo XIX en la zona de Nueva Órleans -mucho antes de la aparición de Ámstrong-, a donde llegaban grandes remesas de esclavos desde África. En aquel entonces, el batir de los tambores estaba prohibido en muchos lugares sureños de USA. En Congo Square (NOLA, Louisiana), sin embargo, los siervos podían reunirse, cantar y tocar instrumentos de percusión -calabazas secas con pequeñas piedras en su interior, el birimbao, las quijadas... acompañados de la sanza y el banjo de cuatro cuerdas-, a donde acudían cada domingo, en su día libre, convirtiendo la plaza en un punto clave para el desarrollo de este estilo musical.

Congo Square, Nueva Órleans. Este mural rinde homenaje al encuentro de cada domingo de los esclavos afroamericanos. Saqué estas fotografías en agosto de 2016.

¿Qué cambió en los veinte? El avance de la industria fonográfica, que atrajo a músicos a urbes como Chicago y Nueva York, trayendo consigo estos ritmos 'innovadores' y extendiéndolos por todo el país e incluso saltando el charco hasta Europa. Woody Allen, de nuevo, en la banda sonora de Midnight in Paris, plasmó la escena jazz potente que la capital francesa vivía en esa época. No sólo eso, dos de los personajes del metraje son, ni más ni menos, el matrimonio Fitzgerald, que viajaban allí con frecuencia y donde entablaron amistad con otros creadores como Ernest Hemingway, o al menos Scott, ya que Zelda y el autor de 'Fiesta' no tuvieron química, lo cual Allen también muestra el filme. Lo hace ornamentado del ambiente festivo que caracteriza a los veinte, al matrimonio y a 'El gran Gatsby'.

De un continente u otro, en ese tiempo todos tenían en común el deseo de dejar el horror de la contienda atrás. Se quería romper con el pasado y lo convencional, favoreciendo un clima de mayor libertad: las mujeres acortaron sus faldas, vestidos y melenas denotando rebeldía -los cortes bob fueron un símbolo de independencia, que daban a entender que las féminas podían lucir un pelo casi tan reducido como el de los hombres-. Era el tiempo de las 'flappers', chicas jóvenes que fumaban y bebían en público, se maquillaban y bailaban en en clubes nocturnos. El papel que la mujer desempeño en la guerra y el sufragio femenino rompieron los roles tradicionales. Esta nueva mujer era representada a la perfección por Zelda Fitzgerald, cuyo carácter liberal era una de sus enseñas. En general, las costumbres se relajaron, se tenía ganas de fiesta y eso es lo que esta historia de Jay Gatsby presenta tanto en la versión original, la del escritor, como en las audiovisuales.

Gif popular de la película de 2013. Es el momento en el que Gatsby aparece por primera vez. Lo hace

en uno de los grandes festejos que organiza, el primero que observa tanto el expectador como Carraway.

Fitzgerald (1925, p. 40) lo expuso así:

-De todos modos hace fiestas grandes -dijo Jordan, cambiando el tema y mostrando el disgusto de la gente culta por lo prosaico-. Y a mí me gustan las fiestas grandes. Son tan íntimas. En las reuniones privadas no hay ninguna intimidad.

Se oyó el tronar de los bombos y la voz del director de la orquesta sobresalió con gran volumen sobre la ecolalia del jardín.

-Damas y caballeros -exclamó-. A petición del señor Gatsby vamos a tocar para ustedes la última obra de Vladimir Tostoff, que tuvo tanto éxito en el Carnegie Hall el pasado mes de mayo. Si leyeron ustedes los periódicos, saben que fue una gran sensación -sonrió con jovial condescendencia y agregó-: ¡vaya sensación!, -con lo cual todos prorrumpieron a reír.

-La pieza se conoce -concluyó lascivo- como La historia jazzística del mundo, de Vladimir Tostoff.

Esa pieza de Tostoff es ficticia, al igual que el supuesto autor de la misma, pero es una clara señal de la fuerte presencia del jazz en la sociedad de entonces. La adaptación de Baz Luhrmann, del mimo modo, lo manifestaba con la frase "la historia del mundo a ritmo de jazz" segundos antes de llegar al meme más famoso de DiCaprio: la presentación de Gatsby entre fuegos artificiales y en la cúspide de la canción Rhapsody in Blue de George Gershwin, una pieza de jazz compuesta en 1924 y con altas connotaciones neoyorquinas, puesto que Woody Allen también la utilizó para el inicio de la película que le valió su primer Óscar, nada más y nada menos que para Manhattan (1979). El filme empieza con una serie de imágenes del borough más famoso, o al menos el que ha sido retratado más veces en la gran pantalla, de la Gran Manzana combinadas con esta sintonía, que casualmente -o intencionadamente, como homenaje- finaliza con cohetes en el cielo.

Comienzo de Manhattan (1979) con la canción Rhapsody in Blue (1924).

Es curioso que vi las dos películas el mismo día, lo cual me hizo reparar en que la música era la misma.

No queda todo ahí. Esta sintonía se estrenó en el Aeolian Hall de Nueva York, en un concierto titulado An Experiment in Modern Music, ya que fue ideada como "un experimento de música moderna" mezclando elementos de música clásica con otros propios del jazz. Marcó un hito en la historia del país, puesto que supuso el nacimiento de su propia música sinfónica conformada con componentes autóctonos, como los blues y el jazz, pero al mismo tiempo revestidos por Gershwin, entonces de veinticinco años, con un sonido clásico, distinguido, elegante. Alzaron el callejero jazz a una esfera 'respetable', o al menos así fue para el resto de artistas estadounidenses y europeos, que empezaron a utilizar las melodías y los patrones de este genero en sus composiciones.

El éxito de la canción elevó también al joven compositor, cuyo mérito es alto teniendo en cuenta que creó la obra en tres semanas. Era un encargo del famoso director Paul Whiteman para Gershwin, pero éste lo olvidó hasta que la noticia de la actuación en el periódico se lo recordó. Con la seguridad otorgada por Whiteman, que había confiado en él para el trabajo, y motivado porque sabía que ambos estaban contribuyendo al encumbramiento del jazz, el músico se puso a ello y veintidós días después tenía la pieza hecha.

Cartel de la première de Rhapsody in Blue.

La célebre exhibición tuvo lugar en un momento en el que los espectáculos de masas e industrias del ocio comenzaban a despuntar. Ir al cine se convirtió en un hábito semanal para un gran público que comenzaba a familiarizarse con actores e incluso a admirarlos, transformándolos en ídolos y estableciendo el conocido star-system. Fue el tiempo en el que el séptimo arte se consolidó y, a su vez, se re-inventó con la llegada del sonoro, un duro golpe para quien no supo o pudo adaptarse. Aunque ése no fue el caso de la primera película que sincronizó sonido e imagen, El cantor de Jazz (1927), que no sólo lo hizo de manera airosa, sino que aprovechó al máximo el potencial de esta nueva tecnología ofreciendo un musical de estilo jazz; un género que casi cien años después sigue incluyéndose en las cintas, como en el filme de 2013 en el que Luhrmann también combinó en una misma banda sonora clásicos, como Rhapsody in Blue, y singles modernos, como Crazy in Love de Beyoncé versionado por Kid Koala.

Speakeasy o bares clandestinos

A partir de la tercera década del siglo XX, en USA el jazz se interpretaba, escuchaba y bailaba abiertamente. Era el ritmo del momento, con un caracter patrio y uno de los emblemas de los felices o locos veinte, en los que Estados Unidos no sólo estaba eufórico, sino en éxtasis. En parte por el alcohol barato que corría por sus túneles y se consumía en locales underground. Este género musical ya no pertenecía a un contexto de prohibición, como sucedió a mitades del siglo XIX en algunos puntos sureños del país o como pasaría después en la Europa de los totalitarismos, pero ambientaba lugares escondidos llamados speakeasy.

En los veinte proliferó la venta de alcohol de modo clandestino

al margen de la Ley Seca que se mantuvo vigente durante toda la década.

Se trataba de tabernas clandestinas que surgieron en NY como respuesta por parte de las mafias y los ciudadanos a la Ley Seca, regla que prohibía la producción y venta de bebidas alcohólicas. Mientras esta norma estuvo vigente desde 1920 a 1933, los tragos se comercializaban a través de un mercado negro cuyos responsables eran contrabandistas como Gatsby. La entrada no era restrictiva o discriminatoria, sino parte de 'un juego', para encontrarla se necesitaba una clave o su dirección. El término speakeasy, para denominar a los establecimientos o bares donde los gánsters vendían el producto, posiblemente tenga su origen en lo que los camareros decían a los clientes para avisarlos de que podían pedir este tipo de sustancias sin levantar sospechas. La traducción de speak easy es "habla en voz baja". Hay quien sostiene que la palabra proviene de la habilidad de los compradores frecuentes para conversar acerca del alcohol sin miedo a que autoridades gubernamentales los escuchasen. Sea como sea, ambas teorías refieren a lo mismo, a una industria ilegal que se intentaba mantener oculta.

La novela de Fitzgerald no nombra explícitamente a los speakeasy, aunque sí el estraperlo, negocio al que se dedica el protagonista. De igual manera, deja entrever que Carraway y Gatz acuden a uno de estas tabernas secretas cuando almuerzan en un sótano en el que se les sirve whiskey siendo el año en que acontece la narración 1922, época en la que la Ley Seca era válida. La película más reciente de 'El gran Gatsby' incluyó un ejemplo más claro de estos locales al mostrar cómo ambos personajes entran en una barbería con una pared falsa que es la puerta al bar al que realmente van.


Interior del bar clandestino Aphoteke, en Chinatown. La lámpara emula frascos de laboratorio

en referencia a eso que simula la taberna: una farmacia.

Para esa escena puede que se inspirasen en un local real de Nueva York llamado The Blind Barber, una barbería, a primera vista, con una tasca escondida en su interior. La verdad es que la Gran Manzana está plagada de este tipo de bares clandestinos que homenajean esa parte de la historia de la ciudad. Como admiradora de lo underground, me planteé visitar todos, pero tuve que abandonar la urbe antes de lo esperado, así que solo tuve tiempo tiempo de visitar tres:

1. Apotheke, en Chinatown, cuyo título apela a eso que emula: una farmacia -la palabra apotheke viene del griego y significa botica-. Por fuera no se ve más que una puerta bajo un cartel que dice 'Chemist' (química) acompañado de un dibujo que ilustra un matraz y una ventana repleta de botellas de 'jarabe'. Dentro, es un bar de cócteles con una iluminación oscura y adornado de lámparas con forma de frasco de laboratorio y sofás. Las bebidas también se sirven en vasos que parecen probetas.

2. Bathtub Gin, en Chelsea: en esta ocasión la parte de fuera es una pequeña cafetería que funciona con normalidad. De no saber que dentro hay una coctelería pasa totalmente inadvertida. La taberna abre a las seis de la tarde. A esa hora una persona entra en la tienda de café y se queda junto a una pared. Quien quiera acceder al bar no tiene más que preguntar por él a esa persona, que acto seguido abrirá la tapia accediendo a una salita con una luz roja. Ahí otra persona preguntará al guía por una contraseña (password) a lo que ella o él responderá: "Bathtub Gin”; tras lo cual quien ha preguntado dará acceso al local, una tasca amplia, sobre todo en comparación con la cafetería, con decoración vintage, música jazz y una bañera en el centro a la cual apela el título del local -'gin', por su parte, hace referencia a la bebida predominante en los veinte, la ginebra-. Los martes y domingos a las 9.30pm hay espectáculos burlesque. También sirven cenas, reservando con antelación, y los domingos de 12pm a 4pm hay brunch con otro show a las 2.30pm.

Galería del speakeasy Aphoteke en Chinatown.

4. The Box, en Bowery: no es un speakeasy, sino un teatro de variedades tipo Moulin Rouge. Lo incluyo porque también está escondido -no hay cartel, el exterior es una puerta de garaje a lo que parece una antigua fábrica con una taquilla al lado- y por su estilo retro. El diseño recuerda a los espacios traviesos de los años veinte acorde al espíritu freak, circense y burlesque del espectáculo, el cual es bastante impactante, por cierto. No es apto para puritanos, ahí lo dejo. Por ahondar un poco más: aluciné en colores y, por si fuera poco, repartían palomitas. Toda la escena, incluyéndome a mí viendo lo que vi, mientras comía palomitas fue de lo más surrealista que vivido nunca. Muy loco. Cuando cuento los detalles a la gente la reacción está entre la risa y el desconcierto. Igual que la mía presenciando la función. Recomendable, pero entrar no es fácil. Se puede hacer una reserva a través de la web; ir de incógnito a través del amigo de un amigo; acudir acompañado de un promoter -ésta es la manera en la que yo accedí a un gran número de fiestas- quien incluye a la gente en 'la lista'; o ir en el momento y esperar que el portero tenga un buen día, que no tiene nada que ver con el aforo.

Dos amigas y yo nos acercamos un martes a las 11pm, cuando el club abre, y el doorman se hizo bastante de rogar. Más que underground, es lo que se denomina 'exclusivo' aka 'tener mucha tontería'. Había oído hablar mucho del lugar y tenía ganas de descubrir cómo era, pero el número de 'suplicarme' que montó la persona que guardaba la puerta me indignó. Sobre todo viendo que otras personas entraban mientras lo saludaban. Voté por irnos, pero de repente se le cruzó el cable y nos dejó pasar. En el Soho londinense debe de haber otro 'The Box' y tengo entendido que la entrada no es tan complicada, que no son tan 'exquisitos'. En fin. El interior me encantó: terciopelo, acróbatas que colgaban del techo y detalles vintage por doquier. Había dos salas, en la primera estaba la barra y en la siguiente 'el teatro', con mesas en los laterales y en los palcos, para quien se pueda permitir sentarse en ellas, y una zona vacía en el centro para disfrutar del cabaret. Su horario es de martes a sábado de 11pm a 4am con un show cada día que empieza a la 1pm. Las fotos no están permitidas y, como curiosidad, este local aparece en Gossip Girl, es el club que adquiere Chuck Bass para montar su discoteca burlesque Victrola -el título refiere a una marca de tocadiscos-.

Extras del DVD de la segunda temporada de Gossip Girl donde comparan Victrola con The Box.

También debo destacar el famoso The Green Mill (molino verde) de Chicago, conocido por el jazz en directo y los recitales de poesía -Uptown Poetry Slam- además de los túneles clandestinos que Al Capone, co-propietario del local, controlaba y que se utilizaban tanto para llevar alcohol al bar durante la Ley Seca como para escapar de las autoridades. Según una leyenda urbana, detrás del extremo largo de la barra, todavía hay un trampilla de un pasadizo que conduce por debajo de la calle a un edificio adyacente. Lo que sí está a la vista es el lugar favorito del gánster y sus hombres. Se sentaban ahí porque podían ver claramente la entrada delantera y trasera del establecimiento y así vigilar quién entraba y salía. Abierto en 1907, con el nombre Pop Morse's Roadhouse, tuve la oportunidad de visitarlo en mayo de 2016 durante un viaje a la llamada 'ciudad del viento'. Su denominación cambió a los pocos años en honor al ya célebre Moulin Rouge (Red Mill) parisino.

Fue un lugar de encuentro para la mafia, donde se cometió más de una fechoría -véase el altercado de Joe E. Lewis con Jack McGurn-. Es otra característica de la década de los veinte, el florecimiento del crimen organizado. La cultura pop, los medios de comunicación de masas, sacaron a la palestra y encumbraron la figura del gánster, como John Dillinger o Al Capone, y esto sirvió de inspiración a Fitzgerald para el personaje de Gatsby y el socio judío de éste Meyer Wolfshiem, cuyo alter ego es Arnold Rothstein, un capo neoyorquino culpado por el escándalo de los Medias Negras al manipular la Serie Mundial de 1919.

The Green Mill (Molino Verde), como guiño a Moulin Rouge, de Chicago. Es famoso por el jazz,

los recitales de poesía y por comercializar alcohol de modo incógnito durante la ley seca.

En cuanto al tema más específico de la bebida, no sólo hay que tener en cuenta que era una de las protagonistas de la realidad del momento, sino que su prohibición generó que el consumo fuese más accesible económicamente, transformándose en esos años el alcoholismo en un serio problema. El mismo escritor se hizo alcohólico, convirtiéndose en una víctima de la época de excesos que criticó en su narración. Esta historia habla de todo ello con la gran cultura festiva que muestra. No hay más que reparar en el inicio de la película de 2013: "En aquel entonces todos bebíamos demasiado, cuanto más en sintonía con los tiempos que corrían, más bebíamos", expresa Carraway.

Fiesta de los años veinte en Governors Island

El despilfarro, la exuberancia, el glamour... son características de aquellos eventos y han quedado grabados en el imaginario social como festejos elegantes de un tiempo que nunca volverá. "Uno no puede repetir el pasado", explicaba Carraway a Gatz. "¿No se puede repetir el pasado? ¡Claro que se puede! Voy a organizar las cosas para que todo sea igual que antes, hasta el último detalle", le respondía este último. Un soñador, pero no el único, como diría Lennon.

La ciudad que nunca duerme está repleto de idealistas y algunos de ellos son los responsables de la creación de The Jazz Age Lawn Party, una fiesta temática de la Era del jazz que tiene lugar en los jardines de la isla Governors. Para que quien coja el ferry, desde la punta sur de Manhattan, viaje en el tiempo a la década de los veinte. Este año será la catorce edición y se celebrará los días 15 y 16 de junio y 24 y 25 de agosto, como siempre, en dos fines de semana de verano. El evento comienza a mediodía y se anima a los asistentes a que se presenten con trajes de la época, prueben cócteles clásicos -aunque también se sirven otros refrescos-, hagan picnic en el césped -con su propia comida o con la que adquieran a través de los foodtrucks; también se venden mantas, sombrillas, abanicos y otros utensilios útiles para el manjar en el jardín- y bailen charlestón con el jazz en directo. El programa incluye clases de danza, croquet, mercadillos de ropa y complementos vintage y retratos antiguos, entre otras cosas. Los tickets se pueden comprar en este enlace.


Dos asistentes en la Jazz Age Lawn Party de 2017.

A pesar de saber de su existencia y tenerlo apuntado en mi bucket list, no acudí a ninguno de estos eventos. Visité la isla y la recorrí en bici -allí mismo se pueden alquilar-, lo cual también recomiendo, porque me quedé maravillada con la arquitectura y las vistas a la ciudad. El diseño de los edificios, el que no sean residenciales -su nombre, Governors Island, proviene del hecho de que originariamente, a partir de 1698, cuando era una colonia inglesa, el uso de la zona era exclusivo de los gobernadores de Nueva York, sólo ellos podían vivir allí; - y el abrir la isla al público solamente desde junio hasta el primer lunes de septiembre -la fiesta nacional estadounidense del trabajo, el Labor Day- mantienen el lugar varado en el tiempo, lo cual lo hace ideal para una celebración como The Jazz Age Lawn Party.

Supone una gran oportunidad para sentirse parte del universo creado por Fitzgerald. Aunque seguro que no tan cercana como la que experimentaron los invitados al estreno de 1974, en el Loews State Theatre de la calle 45 de Broadway (Nueva York), de la adaptación de 'El gran Gatsby' protagonizada por Redford y Farrow, a la que debían ir completamente vestidos al estilo de los veinte.

Personas reales

Fue un desfile de disfraces por la alfombra roja bajo la atenta mirada de admiradores y reporteros, un carnaval basado en la estética y la vida de personas que vivieron esa década dorada. Un momento, ¿en 'la vida'? Sí, en la existencia de gente real con la que se topó el escritor. Concretamente, con Ginevra King (Daisy Buchanan), William Mitchell (Tom Buchanan), Edith Cummings (Jordan Baker) y él mismo que estaría representado por Gatsby. Después de todo, se dice que siempre queda un resquicio autobiográfico en la escritura.

No es de extrañar. Se escribe de lo que se conoce. La imaginación no nace de la nada, sino de la conexión de ideas que ya están ahí. Incluso si se observa o se escucha algo por primera vez, hay que experimentarlo para percibirlo y entonces poder utilizarlo como inspiración. La creación es el resultado de la combinación de conocimientos. Es un proceso de asociación en el que la la redacción, la expresión, el compartirlo, exteriorizarlo, supone una descarga catártica. Es una exhalación de tensión cual placas tectónicas que hacen vibrar la tierra, una liberación del ruido que ronda por la cabeza y el organismo, un deshacer de los nudos mentales y emocionales para permitir el descanso. Se suelta todo y se regresa a la 'tabula rasa' hasta que ésta se vuelva a llenar de 'nuevos' razonamientos con la aparición de conceptos y el reciclaje de otros. 'Escribir para sanar', lo enuncian quienes defienden el poder terapéutico de la escritura.

Galería de imágenes de las personas reales en las que el autor se basó para 'El gran Gatsby'.

Por orden de aparición: Ginevra King (Daisy Buchanan), William Mitchell (Tom Buchanan),

Edith Cummings (Jordan Baker) y él mismo, Scott Fitzgerald, (Jay Gatsby).

Ésta posiblemente fue la terapia de Fitzgerald para hacer las paces con su pasado y seguir adelante, tal y como probablemente debió de haber hecho Gatsby para evitar su final. Durante la Primera Guerra Mundial, ambos fueron militares destinados en el Camp Taylor de Louisville, Kentucky. Ahí, 'Jimmy' conoce a Daisy Fay Buchanan, una debutante de la alta sociedad con quien empieza una relación y mantuvo contacto por carta, que guarda mucho parecido con otra muchacha debutante con la que el escritor tuvo un romance juvenil y con la que continuó escribiéndose: Ginevra King, una chica de Chicago que terminó casándose con William Mitchell, de la misma ciudad y amante del polo, al igual que Tom Buchanan. La elección entre estos dos hombres es uno de los conflictos principales del libro. Gatz permanece obsesionado con ese antiguo amor y, al incluir estas ideas en la novela y dotarle de un lugar central en ella, quizá denote la presencia de King todavía en la mente del novelista.

El deporte también es un indicador para descubrir quién se esconde detrás de Jordan Baker -su nombre es el resultado de la combinación de las dos marcas de automóviles populares en esa época, Jordan Motor Car Company y Baker Motor Vehicle, en referencia a la velocidad e independencia del personaje, aludiendo ahí a las mujeres de los años veinte-, golfista e íntima de Daisy, lo cual la hace similar a Edith Cummings, gran aficionada al golf y muy amiga de Ginevra King. Ésta, Cummings y otras dos debs eran conocidas en Chicago como 'The Big Four', las cuatro aspirantes a socialite del momento. Según recoge la que era periodista del New York Times Dinitia Smith en un artículo, el autor dejó por escrito en una carta de agosto de 1916 las palabras que el padre de King le dirigió: "Los niños pobres no deberían pensar en casarse con mujeres ricas".

Esto también supuso un 'problema' con su siguiente conquista, Zelda Sayre, a quien conoció cuando estaba asignado por el ejército en Alabama, en julio de 1918. En octubre fue enviado a Camp Mills, Long Island, junto a NYC, de donde descendía ella como parte de una familia de colonos tempranos que luego se mudaron al sur. Scott Fitzgerald trabajó como redactor de publicidad en la gran manzana con el objetivo de reunir el dinero necesario para casarse con la dama sureña, con quien había estado comprometido antes de que ella interrumpiese el compromiso a consecuencia de la pobreza del prosista. Esta dificultad monetaria recurrente coincide con el mayor complejo de James Gatz: su origen humilde, el mismo que alimentó su carácter soñador y emprendedor, el motor que le hizo transformarse en Jay Gatsby personificando el sueño americano.

Zelda Sayre, escritora y esposa de Scott Fitzgerald.

Sin olvidar al amor, que junto a la muerte, es uno de los dos grandes temas que interesan al ser humano como bien muestra la historia de la literatura y otras formas de narración como el cine. Amor y muerte a veces traducido como sexo y violencia. En este relato, más que el propio el afecto que el protagonista siente por Daisy, es un ideal que él tiene del amor romántico lo que realmente lo mueve. Se trata de una visión sobre él mismo y acerca de cómo tiene que ser su vida, una escala de valores y creencias inquebrantables junto a un férreo perfeccionismo, lo que lo impulsa a actuar. Es hijo de campesinos en la sofocante monotonía del Medio Oeste, nacido como James Gatz, que tenía una "concepción platónica de sí mismo" (p. 73). Estaba decidido a triunfar, a crear su propia fortuna. La señora Buchanan es una persona poco profunda, ensimismada y superficial, pero es parte del mundo y de la idea que él anhela. En el libro hay una frase de Fitzgerald (1922, p. 115) que la describe bien:

Pienso que el mundo es horrible, mírese como se mire -prosiguió convencida-. Todo el mundo lo cree... hasta la gente más avanzada. Pero yo lo sé. He estado en todas partes, lo he visto todo y lo he hecho todo -sus ojos, desafiantes como los de Tom, se movieron veloces y río con emotivo desdén-. ¡Refinada; oh, Dios, si soy refinada!

Gatz no es una persona frívola ni materialista. No compra el palacio ni celebra esas fiestas ostentosas por capricho o para impresionar al resto. La imagen del personaje que se presenta al principio es una fabricación hecha por él, con su esfuerzo, sudor y perseverancia, al principio empujado por el ansia de superarse a sí mismo, como soñó desde pequeño, y más tarde por el cariño que cree que siente por Daisy. No hay egocentrismo, codicia o falsedad y es ese espíritu trabajador, puro, inocente y optimista lo que lo hace admirable.

Momento en el que Gatsby expresa que ha adquirido todo pensando en Daisy.

Entonces, ¿quién es Gatsby? Al comienzo se presenta como un culto soltero de oro que encarna el poder, la riqueza, la juventud y la belleza. Eso es lo que atrae a la gente a sus fiestas, pero nadie lo conoce, lo único que los asistentes saben de él son rumores. Esto y sus negocios aparentemente turbios generan dudas, aunque al final el lector o espectador se da cuenta de que lo que queda de él no es más que un nervioso chico enamorado profundamente triste de que lo hayan dejado por otra persona y que trata desesperadamente de recuperar el tiempo perdido.

Está en duelo, lo cual le impide seguir con su vida. Obsesionado con Daisy, la idealiza sin ver sus defectos ni los fallos de la relación. No puede volver al pasado pero tampoco avanzar. No es malo ni codicioso, sino un soñador que da y arriesga todo por su amor. Es romántico y generoso, el más real, fiel y noble del grupo, a excepción de Carraway. Son el comportamiento y las mentiras de los Buchanan, como las infidelidades o el atropello con fuga, los que llevan al desenlace funesto de Gatsby. El protagonista es el más auténtico en estas circunstancias fruto de la corrupción del resto. Es irónico, porque a simple vista Gatsby es un criminal. Sin embargo, es otra fachada, lo cual, teniendo en cuenta cómo acaba la historia, lo convierte en una gran figura trágica.

La versión de 2013 comienza y finaliza con el faro verde, que representa la meta e idealización de Jay.

La novela empieza con las siguientes palabras de Carraway: "En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo (...) 'Cuando sientas deseos de criticar a alguien' -fueron sus palabras- 'recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste'", lo cual aclara brevemente la paradoja anterior y anticipa la idea que el receptor va a llevarse consigo de Gatsby. "Ve siempre lo mejor de la gente" resumía Luhrmann en el inicio de su película. Quedarse con lo bueno, como hacía Gatz, a pesar de que esa propensión a la esperanza, su luz esmeralda, su amor que resulta ser ilusorio es lo que acaba con él. Sin embargo, en la realidad y la ficción, eso es lo que siempre permanece: la bondad, el recuerdo de que era un gran hombre, el gran Gatsby.

CONÓCEME:

AINHOA ETXEBERRIA

EL BLOG:

PROIEKTUKA

PROYECTO Nº1|  

GUÍA DE VIAJES

ENTRADAS

DESTACADAS

CATEGORÍAS

SUSCRÍBETE

ENTRADAS RELACIONADAS